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Crítica: "Cantando en las azoteas", por Paco España

Filmin ha incorporado este título, presentado en el festival D´A de Barcelona del pasado año y nominado al premio Arrebato de no ficción en la pasada entrega de los premios Feroz, hace pocas fechas. Su director, el barcelonés Enric Ribes, tiene una consistente trayectoria en el ámbito del documental en largo y corto formato, incluido el pequeño homenaje, del mismo título, que en 2017 hizo de Gilda Love (Eduardo), el protagonista de Cantando en las azoteas, un artista transformista del barrio del Raval de Barcelona.


Gilda malvive en una vieja y destartalada casa del barrio que recuerda a aquella en la que vivía Torrente en la primera de sus inacabables secuelas, compartiendo espacio con hormigas y otros insectos con los que batalla cotidianamente spray en ristre. Por circunstancias del azar, se ve cuidando a la pequeña Chloe, una niña de dos años cuyo padre está en la cárcel y cuya madre se encuentra en paradero desconocido. Gilda cuida de la pequeña a pesar de que su situación económica es muy precaria y, a sus 90 años, necesita de algunos favores que le permitan presentar su espectáculo transformista y ganar unos eurillos para seguir viviendo. Aunque la diferencia de edad entre los dos personajes es de 88 años, el nivel de humanidad que se desprende de esa relación es enorme. Gilda cuida a Chloe, la enseña, la entretiene y la proporciona todo el calor humano que una persona puede dar a otra, incluso algún juguete del que se puede hacer a pesar de su situación económica de subsistencia en la que se encuentra.


Por eso, cuando aparece la madre de Chloe -con la que se ha puesto en contacto la propia Gilda porque no puede cuidar de la niña por un tiempo prolongado- para llevársela, la mirada de la niña hacia el nonagenario es toda una manifestación de enorme cariño. El documental termina con un fragmento de ese show que tiene que mendigar, pero en el que demuestra que, a pesar de su edad, conserva un notable ingenio y una humanidad descomunal, además de poder ver que Gilda está en su hábitat natural, donde encuentra su verdadero desarrollo personal. Cantando en las azoteas es una pequeña película que contiene mucha vida y mucha humanidad.