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Crítica: "El techo amarillo", por Paco España

Isabel Coixet ha escogido su vertiente documental para su nueva película. Sabemos que tiene otras vertientes, como la publicitaria (Proyecto Tiempo), la del cortometraje (Un corazón roto no es como un jarrón roto o un florero), vídeos musicales para Alejando Sanz y Marlango, o el de ficción, género éste por el que es más conocida, tiene más prestigio y se ha construido una dilatada carrera, desde sus comienzos en 1988 -año de su debut con Demasiado viejo para morir joven-, hasta su celebrada y excesivamente considerada La librería -película con la que ganara el Goya en 2017-, aunque su etapa creativa más cercana a la excelencia en la ficción se produjo entre 1996 y 2005, con tres títulos esenciales: Cosas que nunca te dije, Mi vida sin mi y La vida secreta de las palabras, tres títulos que demuestran su enorme calidad como directora y guionista, alcanzando una elevada calidad, a la que no ha retornado desde entonces, con títulos interesantes y curiosos, muy alejados de la sustancia humana extraído de aquellos, como es el caso de Elegy, Aprendiendo a conducir o Nadie quiere la noche, o directamente insufribles como Mapa de los sonidos de Tokio, Ayer no termina nunca o Nieva en Benidorm.


Su vertiente documental viene precedida por títulos como Viaje al corazón de la tortura, Hay motivo, Invisibles, Escuchando al juez Garzón, Marea blanca o Spain in a day. Ahora, con El techo amarillo reproduce la situación de varias niñas, de entre 12 y 15 años, que estudiaban en el Aula de Teatro de Lleida con unos métodos de enseñanza basados en contactos físicos y emocionales entre alumnos, en los que el profesor de la escuela y director también participaba, y en viajes de intensa convivencia y desinhibición, unas situaciones que producían rechazo e incomodidad a las alumnas pero en su inmadurez juvenil no acertaban a identificar como abusos sexuales, hasta que, en 2018, nueve de ellas presentaron una demanda contra el profesor y director del aula, Antonio Gómez.


Sin embargo, cuando su madurez les llevó a sobreponerse a la vergüenza que les suponían aquellos episodios y a poner la denuncia correspondiente ante el Fiscal General, se consideró que los presuntos delitos estaban prescritos, por lo que no cabía acusación posible contra el director, de modo que se le despidió de su puesto de trabajo con una indemnización próxima a los ¡¡¡¡¡¡60.000 euros!!!!!!. Este interesante documental aporta las vivencias de unas mujeres, muy jóvenes en aquella época, deslumbradas por una figura referente, el director del aula en este caso, que, con sus 30 años de edad cuando se produjeron los hechos, sabía perfectamente lo que hacía, al contrario que sus alumnas y alumnos. Ilustra muy bien el proceso de madurez que les lleva a ser conscientes de lo que sucedió y, cuando lo hacen, se encuentran con un sistema legislativo que protege a los depredadores. Los testimonios, a pesar de su interés, no se diferencian demasiado de otros de similares características, como los producidos en el seno de la iglesia católica o en cualquier otro contexto en el que, como referencia de menores, existan adultos sin escrúpulos interesados en aprovechar su posición preponderante para satisfacer su depravación.