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Crítica: "La fotógrafa de Monte Veritá", por Javier Collantes

En los espacios cinematográficos, el biopic al uso, o diferente a lo establecido, establece un modo de relatar el argumento de vidas ilustres, o vidas ejemplares, y también de admiración por sus logros personales en la vida hacía los demás, pasando por el tamiz de la idiosincrasia personal de quien se cuentan sus vicisitudes, género que nos ha entregado y entrega diferentes maneras de entrar en la vida personal de sus protagonistas, y que, con mayor o menor acierto, localizan sus hechos. A este ejemplo se corresponde La fotógrafa de Monte Veritá, film que, alcanzando cierta cota de biopic al uso, resulta interesante pero desigual.


Película de nacionalidad suiza, bajo una dirección presentable y simplemente efectiva, junto a unas notables banda sonora y fotografía, y unos registros dignos por parte del reparto, la película nos conduce a un relato de época, en 1906, donde una joven madre quiere liberarse y encontrar su camino de ambiente burgués y sus cercadas limitaciones sociales. Con estas circunstancias, y una propuesta personal, decide huir y dirigirse al sanatorio de Monte Veritá para curarse de su asma y su ansiedad en un lugar rodeado de naturaleza, en el cantón del Tesino, un lugar idílico, dedicándose, en su totalidad, a encontrar su lugar en el mundo, curarse y tomar una decisión. La fotógrafa de Monte Veritá es un manifiesto feminista, elegante sí, con una estética preciosista, sobre una comunidad creada en 1900, en tono corporativo, por un empresario belga y su esposa, una pianista alemana, iniciada como una cooperativa vegetariana, además de sanatorio con baños de sol, lugar de casa de reposo para intelectuales, escritores... como Isadora Duncan o Hermann Hesse.


Con una historia real y un personaje ficticio, la película dibuja un movimiento anterior al 'poder de las flores', el movimiento hippie. A través del flashback, sus indicios de utopía y de movimiento contracultural, amor libre, terapias.... Ofreciendo 'presencias' y la fuerza de una mujer para encontrar una solución a su vida, por lo demás, La fotográfa de Monte Veritá sobrevuela en torno a su estética y sobre el propio argumento, cuyo ritmo, a veces cansino, y frío, no nos deja ver su sustancia narrativa, un film correcto, pausado, que, por instantes, se sale del encuadre psicológico para pasar a ser una sensación sin un mayor peso cinematográfico. Se ve y se olvida.