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Crítica: "Matrix Resurrections", por Javier Collantes

La ciencia-ficción, el pasado, el presente, el futuro de la humanidad y sus correspondientes campos de la imaginación, investigación, siguen siendo objeto de múltiples historias en el lenguaje cinematográfico, cuyo espacio se extiende en cada secuencia de innumerables películas. Un ejemplo grandioso es la saga Matrix. En esta ocasión, Matrix Resurrections, la cuarta entrega después de su primera aventura en el año 1999, una meta-ficción en el mundo virtual dotada de códigos con una capacidad visual de efectos proporcionados a sus historias, y después de dos secuelas que llevaron a su fin con Matrix Revolutions. Ahora, casi 20 años después nos ofrece está resurrección cuyas fuentes se nutren del pasado y cuyo sello Wachowski impregna un cine distinto, que traspasa las barreras en determinados momentos, las barreras de la narrativa más convencional en un arte llamado cine.


Dirigida con pulso firme, el ritmo de las imágenes es expuesto con una clase de computadora visceral, sin complejos, de ser devorada por un público deseoso de implicarse en este universo Matrix, tecnológico, de máquinas y sueños demoledores. Lana Wachowski dirige un relato fílmico más interesante que el resto de los anteriores 'viajes' de Matrix. Esta vez, su argumento nos presenta a un Neo que vive una vida tranquila en San Francisco, mientras su terapeuta le prescribe pastillas azules. Hasta que un día un nuevo Morfeo le ofrece la pastilla roja y vuelve a abrir su mente al mundo Matrix, el retorno a la búsqueda de Trinity y un retorno a su verdad.


Con una potente banda sonora y una fotografía adecuada al mundo presentado, Keanu Reeves y Carrie-Anne Moss componen la esencia de Matrix Resurrections, un film extraño, que unifica el cine comercial, más unos 10 minutos finales arrolladores, sensacionales, donde aquí los efectos especiales y los vuelos de los personajes encajan perfectamente a un ejercicio fílmico de otra magnitud, un trazo de un mundo en el neoliberalismo, batallas, combates, naves y, sobre manera, un impacto al pragmatismo no ilustrado para llegar a una historia de amor y salvar al mundo de las máquinas a través de rescatar de la maldad corporativista, entre sueños y realidades. Pastilla roja, pastilla azul, un gato negro, y una secuencia post-créditos llena de humor, un film tan especial como interesante que gustará o te dejará inconsciente, un film liberador que marca y alcanza nuevos caminos.