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Crítica: "Candyman", por Javier Collantes

¡Suma y sigue! Las secuelas de anteriores títulos de cierto éxito en otros tiempos son el sustrato de una falta de ideas en algunos momentos, una clase de cine que sirve para rememorar conceptos de cine, en este caso del género de terror, como método para captar y entusiasmar a un espectador ávido de sustos y emociones. A este ejemplo se corresponde el film Candyman, cuarta entrega y continuación de una película de 1992 después de otras dos partes más (1995 y 1999), película que sirve como homenaje a Clive Barker que sirvió de inspiración para la primera del 'hombre de los caramelos'.


El argumento se desarrolla en Chicago, ciudad amenazada por un asesino en serie provisto de un gancho en una mano, y su cuerpo acompañado de abejas, cuyo nombre se invoca por cinco veces y aparece sembrando el horror. Han pasado 10 años desde que una torre con pasado fue destruida. Ahora un artista y su novia se mudan a un apartamento de lujo de un barrio irreconocible, y no es el barrio de hace unos años... Con una dirección correcta en ambientación, fotografía y banda sonora, sus elementos, simples, son efectivos y, junto a los registros interpretativos, nos dan un aprobado sin más.


A modo de slasher de los años 90, esta leyenda urbana es una reivindicación afroamericana, un alegato en contra del racismo, un discurso estirado unido a golpes de efecto que no logra captar la atención salvo en algunas secuencias, un relato demasiado ambicioso, sin punch, cuya baza más destacada son instantes fugaces y los títulos de crédito. Con falta de ritmo y perdiéndose en recovecos sin sentido para pretender ser más de lo que es, Candyman no aburre pero no entusiasma, se deja llevar sin caramelos, garfio, abejas... y sin destino final ni nombrar apenas una vez su nombre.