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Crítica: "Los traductores", por Javier Collantes

El cine procedente de Francia y sus tonalidades y formas de narrar una historia se destinan a una serie de films que conservan su sentido propio del lenguaje cinematográfico y el engranaje visual y literario, una proyección única en su modo de aunar géneros artísticos la cinematografía de dicho país que conserva una de las esencias del cine, la emoción.


Los traductores, película gala en coproducción con Bélgica, nos ofrece un relato que bebe de las fuentes de la intriga y el thriller psicológico con un argumento que puede recordar a las marcas de Agatha Christie y la sombra de su tonos. Dirigida con acierto por Régis Roinsard, nos ofrece un juego entretenido sobre el mundo editorial desde un punto de vista en la literatura peculiar y sus influencias.


La contratación de nueve profesionales de diferentes nacionalidades para traducir el último libro de una trilogía que se ha convertido en un éxito arrollador en todo el mundo está rodeada de un secretismo absoluto, y los nueve traductores deberán permanecer aislados en una especie de búnker de lujo sin saber nada del mundo exterior... hasta que aparecen publicadas unas primeras páginas online.


Desde ese preciso momento, la convivencia será una auténtica pesadilla porque el editor que les contrató está dispuesto a todo para descubrir quién filtró dicho material. Los traductores se deja ver, entretiene como film eficaz con secuencias muy dignas y giros que resultan aceptables, aunque a medida que avanza su 'traducción' desciende algunos peldaños.


Un reparto equilibrado mantiene el interés hasta el final: Lambert Wilson, Olga Kurylenko, Patrick Bauchau, Riccardo Scamarcio, Sidse Babett Knudsen... y Eduardo Noriega, entre otros, refuerzan este suspense sobre la autoría y la creación literaria. Sobre un Macguffin, Los traductores configura diálogos de cine para una película de letra impresa.