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Crítica: "Willy's Wonderland", por Jesús Caro

Nicolas Cage está de vuelta. Bueno, en realidad nunca se ha ido, ni siquiera da un respiro al público para echarle de menos, con un ritmo de trabajo tan fructífero (por cantidad) como agotador. Mientras intento recuperarme de las secuelas mentales que me supuso el visionado de su anterior trabajo, Jiu Jitsu, me acerco con cierto respeto y desconfianza a esta nueva propuesta. Sin contar en exceso el argumento de la película en cuestión (o sí que tampoco es mucho), nos presenta a un Nicolas Cage que, por infortunios de la vida, se ve obligado a ejercer de conserje.


Además, aceptará la tarea de limpiar un viejo parque de atracciones familiar abandonado durante una noche, a cambio de la reparación de su coche averiado. Durante esa noche tendrá que enfrentarse a una serie de muñecos animatrónicos asesinos (y son unos cuantos: Willy la comadreja, Arty el caimán, Sara la sirena, Cammy la camaleón, Gus el gorila...) que esconden un oscuro y 'terrorífico' secreto. Ahora es cuando puedo soltar una carcajada.


Willy's Wonderland es un híbrido entre terror y comedia, hilarante, con muchos momentos surrealistas (las peleas de Nicolas Cage con un avestruz o con un gorila 'armado', en este último caso con un desatascador, son desternillantes), alguna escena gore ligera y el uso de muchos clichés propios del cine de terror de serie B, con un Cage parco en palabras (más bien ninguna), poniendo cara de duro, que limpia, juega a paintball, baila y se muestra desatado a la hora de repartir estopa por doquier. Cine de entretenimiento ligero, muy muy ligero.