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"Lo mejor de ¿un 2020 normal?", por Pelayo López

Sin lugar a dudas, 2020 ha sido un año atípico condicionado por la pandemia del coronavirus. Por este motivo, por ejemplo, hemos decidido no publicar nuestro habitual artículo sobre 'los No estrenos'. De hecho, buena parte del año pasado las salas de cine permanecieron cerradas como consecuencia del estado de alarma y, posteriormente, fruto de las diferentes medidas implementadas, éstas fueron reabriendo y cerrando sus puertas con limitaciones de aforo... circunstancias todas ellas que condicionaron el número de títulos que llegaron a la cartelera regional. En paralelo, la tendencia creciente del consumo en plataformas televisivas siguió consolidándose. Con todo ello, a continuación se presenta un resumen de lo que se considera, a título personal y desde un espectro muy subjetivo, lo más destacado de un 2020 que, pese a todo y como se intentará argumentar, deja algunos títulos, tanto películas como series, más que recomendables, un espíritu audiovisual que, si bien no puede paliar los desastrosos efectos sanitarios y económicos de la crisis, nos permita guardar, al menos, un recuerdo fílmico algo positivo.


Dos de los títulos que más expectativas colectivas e individuales habían suscitado, Tenet y Mank, no acabaron por confirmarlas y pasaron a engrosar nuestro listado de decepciones. Lo último de Christopher Nolan deja la sensación de haber armado un guión para poder dar rienda suelta a la libertad presupuestaria ganada con merecimiento por parte del cineasta, una película que, sobre un Macguffin palíndromo endeble que justifica su propia campaña promocional, deconstruye dimensiones de todo tipo para recrearse en la espectacularidad pretendida. Por cierto, Kenneth Branagh da miedo. De lo más reciente de David Fincher lo mejor es Ciudadano Kane, y no precisamente porque se centre en el proceso creativo de la escritura de su guión por parte de Herman Mankiewicz, sino porque, al margen de un par de secuencias cuyos diálogos invitan a una reflexión contextualizada al presente, lo más destacado del film son las actualizaciones de los recursos narrativos y efectos visuales de la película de Orson Welles. También en este caso merece mención aparte un nuevo trabajo interpretativo sobresaliente por parte de Gary Oldman.


En el lado opuesto de la balanza, El juicio de los 7 de Chicago, un drama basado en hechos reales, concretamente en unas movilizaciones en los EEUU de finales de los 60, de Aaron Sorkin, guionista oscarizado de La red social y, por lo tanto, colaborador en su momento de Fincher, que, curiosamente, rescata de aquel título uno de sus alicientes fundamentales, el montaje, para llevarlo, en esta ocasión, a la máxima expresión y demostrar, para los más agnósticos, que esta tarea puede encumbrar o enterrar las aspiraciones de cualquier película. Esta historia, al margen de un elenco coral de primerísimo orden con nombres propios que van desde Eddie Redmayne hasta Sacha Baron Cohen pasando por Mark Rylance, también aporta luz sobre los debates dialécticos frente a los adversarios reconocidos pero igualmente ante los supuestos aliados revolucionarios, un cruce de declaraciones de intenciones que contribuye, de manera aleccionadora, a la recuperación de la palabra y el discurso como hipérbole de la reflexión tanto del individuo como de la sociedad.


Dentro de este mismo capítulo de agradables sorpresas se podría incluir Song to song, de Terrence Malick, un realizador megalómano en su concepción del cine como vehículo de transmisión de un mensaje que, sin embargo, en esta ocasión parece desprenderse de ese celuloide de superioridad para deambular entre los espectadores más cotidianos, circunstancia que le permite a un público mayoritario acceder a esta historia para la que, además, se rodea de estrellas como Ryan Gosling, Michael Fassbender, Rooney Mara y Natalie Portman. Acompañado del artesano fotógrafo Emmanuel Lubezki, el veterano cineasta, además, revitaliza su puesta en escena aproximándose a un entorno mucho más joven como el de un festival de música para ahondar, eso sí, en asuntos personales de primer orden, como la obsesión y la traición, a raíz de la definición de dos triángulos amorosos, una nueva disección de la condición humana, una historia de amor un tanto experimental que, no obstante, ha tenido que esperar unos años para su presentación en sociedad.


Lo mismo, aunque incluso con una demora más prolongada en el tiempo del universo cinematográfico, ha ocurrido con nuestro siguiente título, Under the skin, una película que, por otra parte, no me atreveré a destacar en uno u otro sentido puesto que, he de reconocer, no he sido capaz de descifrar y, por lo tanto, vengo a reivindicar por su condición de título descatalogado. La versión cinematográfica de la novela de Michael Faber por parte de Jonathan Glazer es absolutamente hipnótica, circunstancia obvia, entre otros elementos, por el ritmo musical que acompaña constantemente al desarrollo narrativo y por el hieratismo de su absoluta protagonista, Scarlett Johansson. Más allá de las interpretaciones que de su historia puedan hacerse, un codificado humano en base a una clave alienígena, lo cierto es que el metraje avanza lenta y sibilinamente por una opaca viscosidad que acaba por atrapar consciente o insconscientemente la voluntad del espectador, un mérito de altura al alcance de muy pocas películas que la convierten, en este caso, en inclasificable.


En el cajón de sastre del apartado de recomendaciones: El hombre invisible, aterradora actualización, contextualizada en la violencia de género, del clásico personaje de la galería de monstruos de Universal, siendo la víctima del acoso de turno la intensa Elizabeth Moss y dejando la huella a seguir el director Leigh Whannell; Araña, de Andrés Wood, un enredo en forma de thriller político-romántico en el Chile de los 70 y el presente que redimensiona la mirada a aquel horror y sus secuelas morales con el protagonismo de Mercedes Morán, María Valverde y Marcelo Alonso; Orígenes secretos, espiritual tributo desinhibido de David Galán Galindo, con la adaptación de su propia novela, a la pasión por los comics, un universo serie B participado por Javier Rey, Brays Efe, Verónica Echegui... y El reflejo de Sibyl, un drama pasional que exprime la metaficción a través del cine, la literatura y la psicología para profundizar en la memoria y los recuerdos, pero también en la emocionalidad erótica, con una pareja de actrices, Virginie Efira y Adele Exarchopoulos, de alto voltaje.


Para finalizar, como ya dijimos en la exposición de argumentos, las series de televisión han emprendido un nuevo recorrido en paralelo al séptimo arte en pantalla grande. En este sentido, varios títulos más que recomendables merecen un acercamiento a las propuestas que nos formulan. Podríamos hablar del nivel de excelencia al que han llegado títulos españoles como la (in)tensa Antidisturbios, de Rodrigo Sorogoyen; el increíble parecido con la realidad, técnica narrativa presente, de la odisea global de la francesa El colapso; la exquisita elegancia formal, la normalización de los cuadros mentales y el jaque mate interpretativo de su protagonista marcados en Gambito de dama; y la conexión de la fuerza de la televisión y el cine vía El mandaloriano, una prolongación de un universo galáctico que, por su maestría, ha acabado por borrar los escudos de ambos sistemas permitiendo explorar, a partir de ahora y en común, nuevas latitudes audiovisuales, y confiando en encontrar, incluso, nuevas fórmulas que logren revitalizar la proyección del imperio o la república de turno.


Y, en un 2020 de más que difícil o imposible descripción, me permito la licencia de volver a lo que la pandemia nos ha recordado, con los confinamientos de todo tipo y las distancias de seguridad, es la esencia vital: las relaciones personales. Por eso, en esta ocasión, y porque por merecimientos propios varios también se lo merece, lo más destacado de la cosecha anual es Normal people (Gente normal), una serie irlandesa en la que Sally Rooney adapta su propia novela, una historia de (des)amor, un duro y crudo retrato de una relación de pareja marcada por los vaivenes emocionales de sus dos protagonistas, un espejo, espejito que no devuelve una imagen idílica ni pretende ser un manual de valores sujeto a convencionalismos ni prejuicios -aunque éstos sí juegan sus propios papeles y se atisba ese concepto de toxicidad-, una relación desnuda por dentro y por fuera con sus diferencias y similitudes, miedos e inseguridades, deleites y placeres, torpezas y casualidades, equivocaciones y aciertos... El tiempo dirá qué será de Marianne y Connell, unos extraordinarios Daisy Edgar-Jones y Paul Mescal, y quizás seguirán la ruta trazada 'antes de' por Richard Linklater.