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Crítica: "Salvaje", por Javier Collantes

La disposición cinematográfica del cine norteamericano siempre recalca en sus historias un ámbito determinante sobre su propia sociedad, y, en momentos, su universalidad en la piel de la condición humana. A través del tiempo confluyen en el sendero de sus películas, el cine procedente de los EEUU posee una parte esencial de un lenguaje fílmico que sirve para entender su peculiar idiosincrasia, que contiene, a todas luces, la crudeza de la vida.


Salvaje, un film dirigido por Derrick Borte con un certero disparo de cine clase B, nos ofrece los efluvios de un relato de sobremesa trasladado a la pantalla grande con acierto, sin enmascarar su modelo de simple y puro entretenimiento para retratar una sociedad enfermiza y, sobre manera, el agobio, la desolación, la ruptura, la violencia... en todos sus grados a través un incidente, en medio de un atasco circulatorio, entre una mujer y un hombre.


En el momento equivocado, y con los dos afrontando sus propios problemas, sin disculpas, se activará la persecución de él, desquiciado, a ella, atemorizada. En formato de thriller, Salvaje bebe de Un día de furia y El diablo sobre ruedas, salvando la distancia, eso sí, respecto a estas dos emblemáticas películas. El film resulta correcto, sin profundizar en los personajes pero sí reflejando el desquicio y la brutalidad en algunas secuencias psicológicas.


Salvaje termina siendo un film de combustión, rápido y con diálogos de lenguaje de telefilm, para una historia tremenda, un film que sintetiza el estrés destructivo. Con Russell Crowe eficiente en su papel, y una aceptable interpretación de Caren Pistorius, Salvaje es una película de notable recorrido, un paseo por las avenidas de la desolación y el vacío explotando, en cada gesto y en cada situación, a un personaje alimentado por la desesperación.