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Crítica: "Retrato de una mujer blanca con pelo cano y arrugas", por Paco España

Desde que este director fuenlabreño debutara en la dirección con el cortometraje Sombras de diferentes arrugas en 2007 -es curioso que repita una palabra tan poco frecuente en un título cinematográfico como 'arrugas'-, Iván Ruiz Flores se ha caracterizado por no hacer cine convencional, como pudimos comprobar en 2009 cuando ganó el Festival de Cortometrajes de la Universidad de Cantabria con La culpa del otro. No es un cine para ver y consumir como si fuera una hamburguesa, es un cine para ver y degustar como si fuera un plato de caviar, que la primera vez que lo pruebas te resulta extraño, pero te deja un regusto que no puedes olvidar. Retrato de mujer blanca con pelo cano y arrugas es su trabajo más complejo y personal hasta el momento.


Cada plano es como una composición pictórica, utilizando la luz como pincel. Una cámara estática nos muestra a los personajes a cierta distancia y de forma contraria a lo que sucede el en cine actual, en el que la realización lleva de la mano al espectador al lugar del plano en el debe fijarse en cada momento. En esta película sucede lo contrario, Ruiz Flores nos muestra el plano y cada espectador tiene que ir escrutando todos los rincones del mismo, desde los centrales a los más esquinados, en el orden que quiera, porque en cada uno de esos lugares hay información valiosa para entender la historia en su integridad, siguiendo el mismo mecanismo por el que un visitante de una pinacoteca se detiene ante un cuadro, comienza mirando los personajes que aparecen en la composición, principales y secundarios, y después se detiene en los detalles del resto de elementos de la obra, encontrando tesoros en los rincones mas insospechados. A esto pone su importante grano de arena la dirección de fotografía, a cargo de Iñigo Hualde, además del equipo de arte de la película.


La referencia que, de forma más inmediata, me viene a la cabeza es la Carl Theodor Dreyer y su hermosa Ordet (La palabra), en la que cada plano es una detalladísima composición. También me recuerda a Ran, la película de Akira Kurosawa que más se aproxima a William Shakespeare. En este caso no es solo formal, también argumental, ya que los conflictos familiares son determinantes en la trama. En el caso de Retrato de una mujer blanca con pelo cano y arrugas la relación madre-hija, con sus frustraciones y dependencias, tiene gran importancia. La cámara, que prácticamente siempre guarda una distancia prudencial con los personajes, no nos permite introducirnos en sus sentimientos como sí haría un primer plano, lo que obliga a que el trabajo actoral necesite ser proyectado para ser recogido por el distante espectador.


Sus intérpretes son pocos y de contrastada calidad, encabezados por la enorme Blanca Portillo -que nos deja boquiabiertos por su trabajo, de manera muy especial en el consecuente plano final-, acompañada por Manolo Morón y Ana Wagener, a los que siempre es un placer ver trabajar. Destaca también la veterana Carmen Esteban en un expuesto y delicado trabajo. Otros papeles están encarnados por el popular Imanol Arias y por el productor de la película, el italiano Carlo D’Ursi, con un papel que no desmerece en planos compartidos con 'La Portillo', lo cual es un elogio meritorio. Esta película se ha estrenado oficialmente el 19 de noviembre en el festival Rizoma de Madrid, en el que ha ganado el Premio del Público. Una propuesta diferente, hermosa y sobre todo muy honesta.