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Crítica: "El año que dejamos de jugar", por Javier Collantes

La temática del nazismo ha sido vista y retratada por el cine a lo largo de muchos años. De alguna forma sirve al espectador para recordar la memoria de unos tiempos pasados de infausto recuerdo para la humanidad. Eliminación de seres humanos por raza, religión... en una terrible masacre que será recordada por siempre. Así, las películas toman una posición de hechos que, desde las posiciones individuales, familiares... nos ofrecen relatos de un enorme valor en todos sus sentidos. El cine como motor para seguir mostrando vivencias, desapariciones, asesinatos y demás sobre un pueblo.


Ahora se estrena El año que dejamos de jugar, película basada en una novela biográfica de Judith Kerr, titulada Cuando Hitler robó el conejo rosa, en forma de melodrama, desde el prisma infantil, sobre el nazismo. El film nos cuenta la historia de una niña de nueve años en el Berlín de los años 30 del siglo XX. Una niña que ve interrumpida su infancia, sus sueños, su peluche (un conejo rosa)... Un cambio en su vida y su familia, de origen judío, que decide marchar a Suiza, posteriormente a Francia (París) e Inglaterra (Londres), una aventura desde el punto de vista de una niña que, en modo del descubrimiento de un estado de las cosas, comienza a percibir otras realidades.


El año que dejamos de jugar termina siendo, desde el reposo, un notable relato cinematográfico que no recarga las tintas en sus secuencias para ser un puente de la mirada inocente de una niña, la inteligencia y las palabras que, a través del metraje, nos describe, con una escritura fina, las excelencias ajustadas sin caer en el atosigamiento narrativo, definiendo exactamente el conjunto del film en base a una exquisita dirección por parte de Caroline Link, una magnífica banda sonora de Volker Bertelmann y una fotografía de Bella Halben muy adecuada en su forma de iluminar los escenarios.


Junto a Oliver Masucci, Carla Juri y Justin Von Dohmanyi, un reparto muy notable, en el film destaca, en especial, Riva Krymalowski, simplemente extraordinaria, esencia interpretativa sin estridencias, en la justa medida. Bajo su aparente tono argumental, El año que dejamos de jugar es una película de calidad que conjuga una historia que gusta y entretiene, no exenta de suspense fino, describiendo la pérdida de una infancia trastocada cuyos enlaces entre personajes resultan bien definidos. Suavidad para un viaje complejo y complicado, pero con un atisbo de luminosidad esperanzadora.