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Crítica: "Adam", por Javier Collantes

El cine árabe muestra, en tiempos convulsos, sus problemáticas, su cultura, sus cualidades... una clase fílmica con una construcción sencilla que ofrece verdaderas obras de arte en su manera de rodar y contar historias, la definición del cine como trazo directo en la cuestión humana y religiosa, otra manera de sentir el mundo (con sus pros y contras), películas de otro continente en una variedad asombrosa.


En esta ocasión nos llega a las pantallas cinematográficas Adam, de la debutante Maryam Touzani, una película de Marruecos, Francia y Bélgica, con escasos medios, cuyas características se enfundan en un relato íntimo, modesto, directo... una nueva realidad, cine femenino, sensible, compuesto de cualidades dramáticas para una narración exquisita, alejada de lo parámetros del cine comercial al uso.


En esta propuesta, que combina los tonos teatrales y los espacios cerrados, el 'tempo' no ocupa lugar puesta que su esencia procede del cine reflexivo, sin caer en la pedantería, palabras y miradas que reflejan un modo nada visceral y sí acertado en unas reglas fílmicas de contemplación con implicación para presentar a una mujer cuya vida, y la de su hija, se verá alterada por la llegada de una embarazada.


Con impecable estructura de dirección y notable guión, la calma acompaña a la amistad de ambas, dos personajes definidos con precisión y que se ofrecen comprensión mutua. La maternidad, el amor, los recuerdos... sin alardes, entre la tradición y el cambio. Al ritmo de unas canciones evocadoras, y con las sobresalientes interpretaciones de Lubna Azabal y Nisrin Erradi, Adam degusta un sabor magnífico.