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Crítica: "The vigil", por Javier Collantes

Un tratamiento del miedo, el terror y las apariciones son objeto de diversos puntos angulares en el terreno cinematográfico. Se han visto, se ven, innumerables películas con notables éxitos en taquilla, y, a veces, con el respaldo de crítica, hechos y momentos, una liturgia de una clase de cine que conserva el espasmo en retablos de leyendas que te deja en silencio.


The vigil, ópera prima del cineasta Keith Thomas, nos introduce en un nuevo y recóndito camino por las tradiciones, con los tonos de una asombrosa puesta en escena, austera y eficaz, miedo a la antigua usanza combinado con reminiscencias de El exorcista y los utensilios del impacto al uso, pero con el estilo de cine japonés para desarrollar un argumento que estremece.


Un judío acepta convertirse en 'shomer' nocturno, una práctica religiosa en la que una persona vigila el cadáver de un integrante de la comunidad recientemente fallecido y recita los salmos. El hombre, que ha perdido la fe, recalará en un lugar en el que descubrirá un terrible secreto, relato tenebroso de notables dirección y textura fotográfica, y excelente banda sonora.


Incluso con sus concesiones, The vigil incomoda al espectador, un ritual Shemira de espíritus malignos del Dybbuk, un terror psicológico en el que el personaje protagonista, sometido a un espacio físico delimitado y a apariciones y efectos sonoros de toda índole, afrontará el dolor de su propio pasado y los reflejos de una comunidad que deambula entre las culpas y el perdón.


El 'shomer' y la viuda, espectros carnales de los fantasmas del pasado, aportan sus excelentes interpretaciones en un film de sensaciones, un tablero de otra cultura que, con su rigor narrativo y visual, se encaja en el subgénero demoníaco. The vigil es una experiencia de alto nivel, la expiación de la culpa, un ejercicio de arrepentimiento hecho de luz y oscuridad.