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Crítica: "La felicidad de los perros", por Paco España

Una vez más, gracias a las plataformas de contenidos, en este caso Filmin, se puede acceder a un título que, de otro modo, hubiera sido muy difícil de visionar por más de unos pocos centenares de personas. Ahora, lo que sí es seguro es que llegará a muchos más espectadores y, sólo por ese motivo, ya es un título que merece la pena ser visto, dándose el caso, además, de que se trata de una película nada despreciable y que proporciona imágenes y sensaciones perdurables en la memoria, y eso siempre es algo positivo. Lo peor de una película es que se te haya olvidado en una semana y no te acuerdes de nada, algo que me ha ocurrido con cierta frecuencia, aunque, hasta hoy, ningún facultativo me ha diagnosticado Alzheimer.


La felicidad de los perros, de David Hernández, es una película gallega de 2018, rodada en un estupendo blanco y negro. Me encanta la plasticidad fotográfica de este tipo de películas, probablemente tenga que ver con mi iniciación fílmica en un televisor de la marca Inter de unas 21 pulgadas, muy de moda en los años 70. El presupuesto de esta película, probablemente ni siquiera sea digno de llamarse así, exiguo, pero, aún con todo, sus responsables saben contarnos la historia de un personaje vitalmente perdido que viaja para encontrase a si mismo, ante la dureza de su entorno y de una crisis económica feroz.


Su protagonista es César, que acaba de perder su empleo y ni siquiera puede acceder a las ayudas gubernamentales debido a que su compañera, con la que parece tener buena relación, percibe un escaso salario en una peluquería con el que tienen que sobrevivir ambos con su hija de corta edad. Esta situación hace que el protagonista emprenda un viaje desde Vigo, primero a Zamora y más tarde a Madrid, con una búsqueda incierta. Lo que encuentra es una serie de personas, algunas conocidas con anterioridad y otras no, que van configurando un paisaje humano muy concreto, propio de este tipo de narraciones de viajes, algo clásico que ya inaugurara Homero con su obra La Odisea y que ya utilizara David Lynch en Una historia verdadera.


Aparte del taciturno protagonista, interpretado por Fran Paredes, también tienen eficaces intervenciones Deborah Vukusic y, sobre todo, Santi Prego, que tan acertado estuvo interpretando a Franco en la película de Amenábar Mientras dure la guerra. En sus breves 78 minutos cuenta con un ritmo pausado, con numerosos planos fijos y prolongados fundidos a negro en el límite de una duración lógica, que hace de ella un producto para degustar por espectadores que busquen experiencias alternativas muy alejadas de la comercialidad y de los blockbusters de acción, pero que sí hace de ella un producto interesante que la relaciona formalmente con ciertas filmografías orientales y centroeuropeas.