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Crítica: "La camarista", por Paco España

Camarista es la denominación que se da en México a las camareras de planta en instalaciones hoteleras, lo que en España se denomina 'Las Kellys'. La diferencia es que éstas están agrupadas en asociaciones que les dan la fuerza con que las conocemos, mientras que la protagonista de esta película se encuentra inmersa en la más absoluta soledad. Gabriela Cartol interpreta de manera sobresaliente a la joven Eve, camarista en un gran hotel de la capital mexicana a la que observamos haciendo diferentes trabajos y moviéndose en diferentes lugares, pero siempre dentro de las instalaciones hoteleras, que representan la gran mole de la que no es posible salir.


Sus breves encuentros con diferentes clientes del hotel están llenos de una cruel indiferencia, mientras ella tiene dos objetivos que intenta una y otra vez. El primero es lograr que le asignen la limpieza de la planta 42, la última del edificio, la que tiene las mejores habitaciones que se encuentran en parte las alta del edificio, lo que las confiere cierto aire de divinidad, que queda de manifiesto en la secuencia en la que tiene un breve acceso al helipuerto del hotel. El segundo es hacerse con un vestido rojo que se encontró olvidado en una habitación y que sería de su propiedad si nadie lo reclama. El vestido rojo representa la rebeldía cromática dentro de la jaula de lujo en la que trabaja en la que todos los tonos, los de las paredes, pasillos, uniformes de trabajo, son de una anodina tonalidad clara.


La vemos trabajando en habitaciones y pasillos, en el comedor de los trabajadores, en un aula de formación a la que asiste y hablando por teléfono con su pequeño hijo, al que no puede ver por sus eternas jornadas laborales, que tiene que hacer precisamente para ganar posibilidades de ascenso laboral. No hay muchos diálogos, su interactuación con otros personajes es limitada, con su supervisoras, compañeras y compañeros de trabajo y formación, su cotidianidad y soledad son sus principales características en aquellas instalaciones que tienen vida propia y de las solamente sale en la última secuencia, mientras la cámara, testigo de su vida, permanece observándola desde el interior.


La camarista es el primer trabajo de ficción de realizadora mexicana Lila Avilés, cuya principal ocupación hasta este momento es la de actriz, aunque su interés por la dirección y la escritura de guión le viene desde edades muy tempranas. Un nombre, esta vez femenino, que se une a la larga lista de realizadores mexicanos que desde hace años están haciendo propuestas cinematográficas de gran calidad. La camarista no es película sencilla de ver. Puede dar la impresión de que en sus imágenes no pasa nada especial, pero lo que pasa es la vida del personaje principal, lo que requiere cierto esfuerzo de observación y atención por parte del espectador, en el que deja imágenes interesantes, como la imprecisa relación de amor, erotismo que tiene con alguna persona encargada de la limpieza exterior de las ventanas del hotel y siempre con el grueso cristal de por medio, que no permite el contacto, pero sí la visión.