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Crítica: "El viaje de Marta", por Paco España

Hasta hace poco tiempo hablar de una directora de cine catalana prácticamente era sinónimo de hacerlo de Isabel Coixet, pero en los últimos años han ido apareciendo una serie de realizadoras con una forma de interpretar el arte cinematográfico, especialmente el referido a las historias generacionales, muy acertado y con muchos puntos en común. Neus Ballús, que ya nos mostrara su talento con La plaga, es una de ellas, pero también están Mar Coll con Todos queremos lo mejor para ella, Elena Trappé con Las distancias, Roser Aguilar con Brava, Elena Martín con Julia Ist, Carla Simón con Verano 1993 y, últimamente, Belén Funes con La hija de un ladrón, todas ellas, a la espera del estreno de La inocencia, de Lucía Alemany -que cosechó buenas críticas en el pasado Festival de San Sebastián-, propuestas cinematográficas de una enorme calidad.


En El viaje de Marta vemos a una familia compuesta por el padre -el todoterreno Sergi López (Lazzaro Feliz, La próxima piel)-, propietario de una agencia de viajes; su hija, la debutante Elena Andrada, que llega a la mayoría de edad durante el viaje; y su hijo menor, el también debutante Ian Samsó, en una estancia vacacional en un resort de Senegal. Todo parece paradisíaco hasta que se traspasan las zonas delimitadas con el aviso 'Staff only' (subtítulo de la película en catalán) a partir de los cuales viven y trabajan los empleados, personas nativas de Senegal.


La interacción personal con ellos y el comportamiento irresponsable propio de una persona menor de edad propicia una serie de sucesos que hacen saltar por los aires las estructuras irresponsables de la menor, al mismo tiempo que inician la construcción de la mujer adulta. Una estupenda película que pone en contraposición las comodidades del primer mundo y como éste se aprovecha de las necesidades del tercero, aunque también éste último utiliza sus estrategias para aprovecharse, aunque en menor medida, del primero.


Una película que puede servir para confrontar ideas sobre las interrelaciones que se producen entre personas procedentes de países económicamente avanzados con otros de economías precarias, en esas infernales islas de felicidad artificial denominadas 'Resorts', donde toda la realidad se construye para los turistas como si fuera un plató de cine. De hecho, uno de los protagonistas de la película está todo el tiempo filmando las ruborizantes actividades de los turistas. El planteamiento de esta película se emparenta con otros menos condescendientes, como los documentales del director vienés Ulrich Siedl, Amor, de la trilogía Paraíso y Safari.