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Crítica: "El oficial y el espía", por Javier Collantes

El cine de Roman Polanski se caracteriza por ser punzante en sus diversas temáticas, en toda una clase magistral en su puesta a punto, cine que entrega sin cortapisas las excelencias de un gran cineasta que posee el 'don' de dirigir películas sin ser tamizadas por el presunto rigor de entregar al espectador historias fáciles, sin ser de un solo color, es un claro oscuro, con los dilemas en la condición humana.


En su última producción, El oficial y el espía, Polanski relata con pulso narrativo una historia que se desarrolla en 1895. El capitán Dreyfus es degradado por espía y condenado a la isla del diablo en la Guayana Francesa, en una cadena perpetua, aderezada por la más humillante e injusta condena. El coronel Picquart se adentrará en una investigación de proporciones inimaginables, en terrenos de mentiras, corrupción, con la fina línea en la búsqueda de la verdad.


En un modo de thriller sobrio y frío pero no distante, Polanski ofrece un relato apasionante, en un ambiente antisemita, sobre el famoso caso Dreyfus en Francia de otros tiempos. Galardonada con varios premios, El oficial y el espía, aparte de otras versiones que ya aportó el cine en otras visiones del mismo de Melies o Boisset, este nuevo punto de plano por parte de Polanski se basa en la inspiración de Emile Zola que redactó un artículo bajo el título de Yo acuso en un diario llamado El Aurora del 13 de enero de 1898.


Así, como una exacta reconstrucción histórica, un juicio y sus demás elementos en torno a la justicia de un inocente en las directrices del poder judicial, ejecutivo y legislativo, en unas imágenes perfectamente ajustadas a cierto naturalismo, en un reflejo de una época muy determinada por la corrupción y la aplastante máquina del poder, El oficial y el espía revisita la Historia de una Francia con las llagas de la injusticia narrada con pulso firme.
         

Apoyada por un gran guión y una narración magnífica, el film, dirigido por un maestro cinematográfico con fotografía abrumadora y banda sonora de música diegética, logra captar ambientes y envolverlos de alardes sin caer en el falso virtuosismo. En modo teatral, los intérpretes resultan acertados en sus papeles. No en vano, cine excelente y compacto, El oficial y el espía es un retrato clásico de buen cine, un acercamiento a los senderos de gloria y su luz hacia la verdad.