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Crítica: "1917", por Javier Collantes

El denominado cine bélico contiene en sus imágenes una serie de conflictos y se basa en hechos acontecidos a lo largo de las batallas entre países. El séptimo arte ha logrado, y sigue logrando, una gran amplitud de miras sobre las desgracias y pérdidas humanas en el fragor de las batallas, pérdidas humanas, paisajes desoladores e injusticias desde una mirada brutal y realista en torno a las guerras.


El cine de dicho género tuvo una mayor producción en otros tiempos, pero siempre de vez en cuando, las modas en el séptimo arte también existen, surge una nueva película, en este caso 1917, film dirigido por Sam Mendes, que ya sorprendió con títulos de gran calado fílmico como Camino a la perdición y American beauty, cuyo tratado se encuentra estructurado de forma magnífica en toda la amplitud del lenguaje cinematográfico.


A modo de homenaje familiar, Mendes nos relata, sin ser una obra maestra, un film preciso como experiencia inmersiva, rodado en un plano secuencia, un film lleno de virtuosismo, demoledor e intenso en base a la crudeza de la Primera Guerra Mundial y una orden a dos soldados británicos que tienen la misión de atravesar las trincheras enemigas para entregar un mensaje y evitar que otros 1600 soldados mueran en un ataque.


Con una puesta en escena excelente de ambientación, montaje, diseño, fotografía, una banda sonora con resonancias intimistas para las atmósferas del miedo en el barro y sobresalientes interpretaciones, apenas recalcadas tan sobrias como concisas a través de sus rostros en la acción, convierten a 1917 en una notable película, un tapiz de cine mejor que su apariencia, cine artesanal de mucho calibre, senderos de salvación.