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Crítica: "Una gran mujer", por Javier Collantes

El cine como testigo en imágenes de hechos acontecidos en determinadas épocas de un país contiene fuerza, intensidad, juicios de valor... junto a determinadas facetas en su punto de vista, determinante para comprender situaciones, reacciones en el ser humano. En estas circunstancias, la cinematografía rusa ha expuesto tanta calidad en sus obras que es una clara y nítida visión de su historia, desde el prisma fílmico es una lección del lenguaje en todos sus sentidos.


Es en momentos de cine más comercial y menos implicado cuando resurge en las pantallas una nueva alternativa, cine procedente de Rusia para una película demoledora, Una gran mujer, film dirigido por el cineasta Katemir Balagov que, con sapiencia, nos traslada al año 1945, en la ciudad de Leningrado, durante el frente de la Europa del Este, la Segunda Guerra Mundial, en una ciudad arrasada, destrozada, lugar donde sus habitantes se encuentran tan destruidos como su ciudad.


El sobrevivir ante el asedio, las ruinas, dos mujeres luchan por reconstruir sus vidas. Una mujer con un trastorno de síndrome post conmoción cerebral, el denominado neurosis de guerra, un brutal impacto que le impide reaccionar a ciertos estímulos después de luchar en la batalla del defenestrado Leningrado. Junto a ella, su mejor amiga desea comenzar una nueva vida para llenar el vacío de una pérdida, una mujer masacrada por la extirpación de sus órganos reproductivos antes del servicio militar.


Con dicho argumento, el relato calca el dolor, la miseria sobre dos mujeres, a través de un itinerario que conduce a unas escenas realmente extraordinarias. Su ritmo pausado, con una cámara que resalta la situación, sus extraordinarios encuadres en cada plano, parece un cuadro realzado con un cambio de colores en su fotografía que, de forma casi sublime, muestra una composición maestra de cine teatralizado que, de manera magistral, destila la verdadera esencia de una obra humanista y asombrosa.


Con un guión tan milimetrado como acertado, y sumando interpretaciones que rayan la genialidad junto a secuencias que te dejan sin casi respiración, sus gestos y palabras, con una secuencia brutal entre una madre y un hijo, Una gran mujer es, a todas luces, una lección portentosa de cine a través de un texto narrativo que confiere un pulso de frialdad y ternura en una terna que exprime la piel hasta dibujar en el inconsciente otras marcas del ser humano. Una gran mujer, una gran película.