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Crítica: "Utoya, 22 de julio", por Javier Collantes

La pantalla grande ha expuesto, en numerosas ocasiones, actos terroristas y asesinatos por cuestiones políticas o sin ningún razonamiento. El cine ha descrito, a través de imágenes, hechos acontecidos en la vida real, películas que, con mayor o menor acierto, son vistas y analizadas desde otros puntos de vista, como los atentados a la vida humana, al margen de sus propios valores cinematográficos. Sobre este principio, el séptimo arte retrata la sinrazón de eliminar a personas por venganza, creencias o ideologías.


A este subgénero se corresponde Utoya, 22 de julio, una clase de filmografía tan sensible y emotiva en su memoria como tremenda en la barbarie de masacre y miedo que recuerda. En connivencia con el documental, la película narra la matanza de dicha fecha de 2011 en un campamento de verano de jóvenes de un partido socialdemócrata en una isla noruega a cuarenta y tantos kilómetros de Oslo, capital donde unos minutos antes explosionaba una bomba en la oficina del Ministerio del Estado y de Justicia y Seguridad Pública.


En tiempo real, plano secuencia y cámara en mano, el film nos transmite la angustia de la persecución con el sonido de los disparos, sin ninguna banda sonora, sólo gritos en un bosque, en un paisaje idílico donde la belleza termina manchada de sangre. El director Erik Poppe cimenta el prisma de su descripción fílmica en torno a estos actos brutales exento del morbo por ver al asesino de cerca, sin secuencias descriptivas en primer plano, colocando a una protagonista ficticia como testigo a flor de piel de la tragedia.


Desde la perspectiva de su protagonista, el pánico se deja sentir por la sombra de la muerte, la confusión y el correr, el huir y esconderse, el agua y la esperanza, son filmados de modo certero y con ritmo. Sin ser magistral, pero con momentos extraordinarios (más por el valor del recuerdo y su intención), Utoya, 22 de julio resulta un notable testimonio de una tragedia humana (77 muertos y más de un centenar de heridos), un campamento barrido por la muerte, impregnado de gestos y sin necesidad de palabras.