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Crítica: "Los muertos no mueren", por Javier Collantes

El cine basado en leyendas y/o la imaginación sobre los (no) muertos, hombres lobo, vampiros... ha llegado a marcar un estilo propio y, en estos tiempos, en sus vínculos de valores añadidos con el cine de superhéroes, la (re)iterada composición de estos personajes han alcanzado cuotas (pr)esenciales en el panorama cinematográfico en línea con el miedo, el terror, la salvación y/o la destrucción.


El director, guionista, actor y compositor Jim Jarmusch concibe Los muertos no mueren con la mirada de este patrón, las connotaciones de su peculiar universo, y como un homenaje directo a un film emblemático, La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero. Gracias a títulos como Extraños en el paraíso, Bajo el peso de la ley, Dead man, Noche en la Tierra, Coffee & cigarettes, Paterson... la filmografía del cineasta define un interesante estilo personal a la hora de abordar el tratamiento de historias casi poéticas desde una mirada compleja al ser humano.


En su última película, Los muertos no mueren, Jarmusch se rodea de zombis, muertos vivientes, con un lado lacónico, divertido, cuyos diálogos lapidarios son una muestra de esa clase de cine distinta y atípica, una buena lección si entras en el espíritu de su autor pero también una obra menor cuyos desniveles salen a relucir en algunas secuencias. Centerville es una localidad tranquila en la que, de repente, todo cambia: los animales se comportan de manera extraña, sus habitantes mueren y vuelven a la vida ansiosos por la carne... La Tierra se ha desviado, la luz es distinta.


La narración de la historia, a veces inconexa y desequilibrada pero auténtica en intenciones, se alimenta de sus diálogos, la puesta en escena y un score genuino, aunque el relato se relanza y mantiene a flote gracias, fundamentalmente, al reparto interpretativo: Tilda Swimnton y su catana, Tom Waits, Iggy Pop, Danny Glover, Steve Buscemi... pero, sobre todo, la pareja formada por Bill Murray y Adam Driver, protagonistas del momento con mayúsculas de la película.


El primero, en un papel agrio, escéptico, con preguntas hilarantes; el segundo, extraordinario con su presencia y su frase 'Esto no va a terminar bien'... y ambos entablando un diálogo sobre el libreto argumental del film, a cámara, creyendo saber el final, el alma de Los muertos no mueren, una película rodeada de apariciones, cabezas cortadas, frases con sentido filosófico y una crítica sobre la ambición humana, el materialismo y un platillo volante, una película descontrolada que entretiene o se detesta, sin término medio: perplejidad o admiración.