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Crítica: "La viuda", por Javier Collantes

Con una palabra tan universal, definitiva y rompedora por título para analizar en esta ocasión, la trascendencia de su significado en la vida real ha protagonizado numerosos relatos cinematográficos, muchos de ellos desde el drama y/o el suspense. Este es el caso de la última película de Neil Jordan, realizador con una filmografía diversa en la que ha ofrecido el toque maestro en torno al cine comprometido y de calidad, en lo narrativo y en lo visual, gracias a Juego de lágrimas, Entrevista con el vampiro o Michael Collins, contundente e imaginativo lenguaje que no ha dejado indiferente.


Más allá de aquella memoria fílmica, Neil Jordan ofrece en La viuda un psycothriller al uso que se sirve de tonalidades propias de las películas del siglo pasado, décadas de los 80 y 90, como Atracción fatal y Mujer blanca soltera busca, e incluso algún homenaje al maestro Hitchcock, un repaso por la obsesión enfermiza, con cierto humor, y hacia la ensoñación de ciertos instantes inverosímiles que conforman un metraje conjunto muy entretenido y que, sin ser innovador, resulta absolutamente presentable desde una Greta y su morbo.


Nueva York. Una chica joven, sencilla e inocente, se muda a Manhattan tras la muerte de su madre. Al encontrar un bolso olvidado en el metro, toma la decisión de entregárselo a su propietaria, una mujer viuda con necesidad de compañía. Este encuentro será el detonante de una historia de acoso y persecución entre la debilidad y las ausencias. De perfecta filmación, entre encuadres simétricos y con un score que contribuye al in crescendo de la tensión, La viuda gana enteros por el doble trabajo interpretativo de su pareja protagonista.


A la soberbia interpretación, como siempre, de la gran Isabelle Hupert, con su temple en cada secuencia, se suma una sorprendente Chloe Grace Moretz, logrando ambas llevar al sobresaliente el duelo de sus personajes. Con estos elementos, La viuda cumple su cometido de cine de entretenimiento con clase, a modo de slasher fino, y cuyos lugares comunes, sin faltar al respeto al espectador, son expuestos con elegancia. Una clase de cine B a partir de vidas rotas que plantea la necesidad de olvidar sin destruir, aunque el devenir sea distinto.