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Crítica: "La sombra del pasado", por Javier Collantes

Desde diferentes puntos de vista, el cine suele frecuentar como temática las cuestiones históricas de un país, ángulos y perspectivas políticas que, en la gran pantalla, suelen aportar objetividad o subjetividad en el relato de dichos periodos, a menudo la reconstrucción de vacíos después de conflictos y persecuciones con gente muerta, caso al que pertenece, con sus propias variaciones narrativas, el expediente fílmico que nos ocupa, La sombra del pasado.


Alemania y su pasado han sido objeto de infinidad de películas, muchas de ellas comprometidas con los hechos acontecidos que marcaron a su ciudadanía. Recordado por la extraordinaria, demoledora e intensa La vida de los otros, el director de La sombra del pasado, el alemán Florian Henckel von Donnersmark, regresa con una historia de 189 minutos de metraje a modo de drama histórico en la Alemania del siglo XX a lo largo de tres épocas: el nazismo, el comunismo y un tiempo actual.


El argumento de La sombra del pasado se nutre de la expresión de un pintor que lucha contra el autoritarismo, entre el contenido de su obra y su relación sentimental, y transcurre a golpe de miradas y silencios, reacciones que transmite de una forma desigual. Acuñada por las tomas del cine clásico, la dirección resulta acertada por instantes, mantiene el ritmo por momentos y emite un excelente pulso en su puesta en escena, fotografía y banda sonora.


Cuando en realidad es un biopic no al uso del artista Gerhard Richter, que combinó fotografía y pintura compuestas de  gran sentimiento, La sombra del pasado resulta un film complejo en su intento por acaparar mucho y se traduce en secuencias nada formalistas con las que profundizar en ciertas connotaciones de carácter mágico sobre sus personajes. De hecho, el reparto ofrece el mejor bagaje de la película, tan arrolladora como exquisita en destellos.


Cine conmovedor y analítico, diferenciado del resto, ni sublime, ni pretencioso, simple y llanamente digno, La sombra del pasado recarga su propio sentido con baches en su métrica que, sin embargo, no lastra su tonalidad final, un tratado especial de cine sentido que, con sus nombradas imperfecciones, consigue ser un lienzo fino, un documento cinematográfico que oscila entre los efluvios encargados de compartir la memoria emocional del espectador.