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Crítica: "Silvio (y los otros)", por Javier Collantes

El biopìc como subgénero cinematográfico, la aproximación a un personaje tratado de una forma real o a veces con las licencias correspondientes a la ficción, goza de una buena 'salud' comercial. La valentía de otras cinematografías sobre políticos no suele ser habitual, pero sí es cierto que el cine italiano ha sabido transmitir historias acontecidas en su país equilibrando la realidad y algo de inventiva para ofrecer una narración comprometida, cine combativo con el objeto de saber, desde un punto cercano a su 'verdad', los aspectos profundos del personaje.


A este caso corresponde Silvio (y los otros), película dirigida por Paolo Sorrentino (La gran belleza, La juventud) que nos conduce a un argumento tan especial como extraño, pero conservando sus peculiaridades en el conjunto general. Sorrentino nos presenta a la figura del ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi cuando, políticamente hablando, se encuentra en su  momento más difícil, recién salido del gobierno y con las acusaciones de corrupción, sus contactos con la mafia y un cercano juicio por los hechos de que se le acusa en la palestra mediática.


Un personaje que desea llegar muy 'lejos' en su carrera de negocios plantea hacerlo a costa de estar junto a Berlusconi.  Su táctica será organizar fiestas, suministrar velinas, saciar extravagancias... en una puesta en escena digna de los emperadores romanos. En un tono de sátira, tan excesiva como exuberante, Silvio (y los otros) se desarrolla a través de dos líneas narrativas que, por momentos, resultan desequilibradas para un argumento sobre una clase política italiana llena de desenfreno, miseria moral y podredumbre en sus pensamientos, todo conducido hasta el extremo, desmesurada desde los instantes magníficos a otros presuntuosos como ya ocurría en los anteriores trabajos de Sorrentino.


A lo largo de su excesivo metraje -más de dos horas y media para el montaje internacional pues en Italia se estrenó bajo el formato de díptico como Loro-, en esta versión 'reducida' se percibe una descompensación y Silvio (y los otros) resulta una película irregular cuya mayor virtud es su exposición de música, fotografía y, sobre manera, el registro interpretativo de Toni Servillo, realmente extraordinario. Ironía psicológica y metáfora del desenfreno, una historia apasionante de desmesurado estilo que deja su preponderancia estética por encima de sus intenciones, el caos y el desorden vistos por un lujo y un vacío apabullantes para un caballero a la deriva.