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Crítica: "Gente que viene y bah", por Paco España

Un ridículo título para una comedia mediocre, de rapidísima digestión y apta para todos los públicos, especialmente para los poco exigentes. Si el espectador busca algo de profundidad en las situaciones, alguna reflexión medianamente importante, esta no es su película. Patricia Font, la directora, lo es también del cortometraje Café para llevar, Goya 2015 al Mejor Cortometraje de ficción que tiene mucho más cine e interés que esta película que ha supuesto su debut en el largometraje. El guión es manido y vergonzosamente previsible, con una protagonista, Clara Lago, que se erige en lo más flojo de la función. Esto mismo le ocurría en 8 apellidos vascos, que no termina de mostrarnos unas capacidades interpretativas relevantes, siendo su mayor activo, la relación sentimental con el supertaquillero y supercomprometido Dani Rovira, algo de lo que los dos hacen gala públicamente.


Los dos personajes masculinos del triángulo sentimental están a cargo de Álex García (Amar en tiempos revueltos, La novia) y Fernando Guallar (Amar es para siempre, Velvet), auténticos hombres florero. También aparecen dos actores de esa magnífica cantera de interpretación que ha sido la serie de TV3 Merlí: Carlos Cuevas, que ya hemos podido ver en El Ministerio del Tiempo y Cuéntame cómo pasó en papeles relevantes, aunque es un actor que está mucho más dotado para el drama que para la comedia; y el joven León Martínez (Superlópez), el niño nihilista, uno de los mejores momentos de la película, al que es posible augurarle un gran futuro en la interpretación.


La parte femenina del reparto, el que tiene el peso (poco) dramático de la película, la completan Alexandra Jiménez, muy desaprovechada en un papel absolutamente carente de verosimilitud y en las antípodas de la estupenda amargura de la reciente Las distancias; Paula Malia, desconocida, excepto para los espectadores de televisión de Cataluña, en la que trabaja con asiduidad, encargada del contrapunto gracioso con su patético 'affaire' con un hombre con acondroplasia (vulgarmente llamado enano); y Carmen Maura, que no necesita ni despeinarse para ser claramente lo más atinado de la película, luciendo con brillantez sus 73 espléndidos años ausentes de cirugía estética, al menos esa es la absoluta impresión que da. Da gusto ver una actriz de esa edad que no tiene la cara de plástico. Un auténtico placer disfrutar de su trabajo, aunque no le haya requerido un esfuerzo especial.