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Crítica: "El fotógrafo de Mauthausen", por Paco España

La película cuenta la historia de Francesc Boix, fotógrafo republicano represaliado por los vencedores de la Guerra Civil española y enviado, como otros muchos compatriotas, a los campos de concentración nazis, donde eran etiquetados con el triángulo azul y la letra 'S' de los 'sin patria', de manera que la dictadura española se los quitaba de encima mientras que el gobierno alemán no sabía muy bien que hacer con ellos, pero allí los tenía, fruto de los acuerdos con Franco, entre los cuales estaba la utilización del suelo español para las pruebas de su fuerza aérea, la Luftwaffe (Wehrmacht).


En principio es un episodio interesante y poco tratado de nuestra historia, pero pisa un terreno resbaladizo. En primer lugar, han sido muchos los ejemplos y de mucha calidad que han llevado a las pantallas, grandes y pequeñas, la historia del holocausto judío y, por lo tanto, resulta muy difícil epatar al espectador con la dureza de los campos de concentración, ya que ha sido mucha y muy variada la que ya se ha visto con anterioridad, y de complicada superación.


Es necesario tener en cuenta, también, que los prisioneros españoles de Mauthausen, aunque sus condiciones de vida eran tremendamente duras, no eran el objetivo principal del exterminio nazi, más bien un estorbo molesto para los responsables de los campos. Además de que las duras imágenes mostradas no lo son tanto por comparación, a la película se le ven las costuras en todos los momentos en los que hay secuencias de exteriores.


En lugar de un gran campo de exterminio parece un pequeño campamento, ya que las imágenes muestran muy pocos barracones y prisioneros. Hubiera sido mejor centrarse en secuencias interiores y en la construcción de un suspense más enriquecido sobre la conservación de los negativos, de manera que a la película se le notara menos su falta de presupuesto. En cuanto al tema interpretativo, no hay una especial brillantez en la película. Un actor, habitualmente acertado, como Alain Hernández, esta vez no lo está.


Y el protagonista absoluto, Mario Casas, principal gancho comercial, sigue intentando elevar la calidad dramática de sus trabajos con escaso éxito, en esta caso basándose en una gran pérdida de peso -al estilo Robert de Niro, Christian Bale-, pero una dieta extrema no hace un buen actor. De hecho, le aconsejaron que no bajara tanto de peso, porque su apariencia física, con respecto al resto a sus compañeros de reparto, podría llegar a ser inverosímil. La directora, Mar Targarona, es también la responsable de Secuestro (2016), un título de correcta factura, aunque mecánico y de muy efímero recuerdo.