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Crítica: "La mano invisible", por Paco España

Varios trabajadores son contratados para realizar su trabajo en una nave industrial frente a cientos de espectadores: el carnicero despieza animales que después arroja al cubo de la basura, el mecánico monta y desmonta un coche sucesivamente, una teleoperadora realiza entrevistas sin descanso, una modista cose prendas que termina destruyendo, un albañil construye una pared para destruirla nada más la ha terminado, y un informático, una limpiadora y el empleado de un bar hacen actividades que parecen propias de su profesión.


La mano invisible es una película realizada en régimen de cooperativa por todos sus integrantes, con la imprescindible ayuda de colaboradores y mecenas, según la novela de Isaac Rosa del mismo nombre. Su título hace referencia al término acuñado por el economista y filósofo escocés del S. XVIII Adam Smith, el cual expresaba la capacidad autorreguladora del libre mercado en base a ideas como la empatía del comportamiento humano, el egoísmo racional, la competencia en base a la equidad y la eficiencia, además de una configuración social basada en los sentimientos morales. Sus teorías son interesantes, pero da la impresión de que el libre mercado del S. XXI dista mucho de lo que se refleja en ellas.


La película de David Macián profundiza en un gran concepto: la dignidad del trabajo. Personalidades como la del carnicero (Josean Bengoetxea), baqueteado por sus experiencias y escéptico ante todo; el albañil (José Luis Torrijo), con una valoración elevada sobre su propia dignidad; la chica de montaje (Marina Salas), con una escasa reflexión sobre su propia existencia; la teleoperadora (Bárbara Santa-Cruz), instalada en el miedo permanente a la pérdida del empleo; o la costurera (Esther Ortega), comprometida y capaz de intentar convencer a sus compañeras a pesar del riesgo al enfrentamiento... son típicos de cualquier grupo laboral, conocidos por las grandes corporaciones y utilizados de manera muy eficiente en su propio beneficio.


El aislamiento de los trabajadores, de manera que no puedan unir sus fuerzas en pos de un bien común que les pueda beneficiar a todos, es el principal objetivo de éstas. Tal es el caso de las retórica y falsamente denominadas empresas de economía colaborativa, con su base en Internet. Que oficialmente no tienen empleados, sino conductores o repartidores, falsos autónomos que no tienen seguro médico, ni fines de semana, ni vacaciones, ni ningún derecho inherente a cualquier trabajado por cuanta ajena, ni, por supuesto, el derecho a sindicarse.


Los sindicatos son organismos profundamente denostados, que han cometido grandes errores por estar compuestos por personas imperfectas, deshonestas, ambiciosas y deseosas de obtener la mayor relevancia personal y social con el menor esfuerzo, pero, aunque estos casos son evidentes, los sindicatos han sido torpedeados desde todas las posiciones de poder, gobierno, partidos, prensa... porque son la última frontera, endeble pero frontera, entre el trabajador y la política económica neoliberal, que llevan a las situaciones tan bien descritas en la película.



Este drama sobre la actual escena laboral ha participado en festivales de la importancia del Festival de Cine Europeo de Sevilla, el Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián, además de estar nominada a los premios Feroz y seleccionada a los últimos Premios Goya al Mejor Director Novel y Guión Adaptado. Desde hace unos días, La mano invisible puede ser visionada, además, en plataformas digitales como Filmin y Movistar +.