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Crítica: "Suburbicon", por Pelayo López

Colaboradores habituales en sus facetas principales, George Clooney como actor y los hermanos Coen como directores en títulos como O brother! o ¡Ave, César!, se reúnen de nuevo aunque ahora, en Suburbicon, lo hacen dando rienda a sus otros perfiles cinematográficos, de modo que Clooney se sienta como realizador mientras Joel y Ethan firmar un guión que rescatan del cajón de su escritorio y lo ruedan a pedales en plan triciclo.


Precisamente, la condición de cuasi primerizo del libreto de Suburbicon delimita las trazas de esta cinta entre géneros en lo que se refiere a la profundidad narrativa de sus diferentes tramas, pero, por encima de todo y fundamentalmente, en la perspectiva de la propia historia, la mirada protagonista que nos hace partícipes del propio relato y que, en su condición dual, desvirtúa la visión general.


Ambientada en el verano de 1959, en una comunidad residencial pacífica e idílica, en definitiva el lugar perfecto para criar una familia, Suburbicon se adentra en el seno de la familia Lodge, núcleo humano que, casi al tiempo, sufre la pérdida de la cabeza de familia, suplantada por su hermana gemela, y recibe a los nuevos vecinos, primeros negros en una comunidad blanqueada por una capa de tensión incendiaria.


En este contexto colectivo de preocupante crónica social, que va y viene de manera irregular en el tránsito argumental, los perfiles protectores familiares irán redefiniendo una perturbadora realidad en una espiral de engaños, traiciones y violencia. La existencia endogámica de un niño, acotada por las paredes de su casa y su relación de amistad interracial, colisiona irremediablemente con la de su progenitor.


Clooney se maneja desde la naturalidad y la corrección, limitándose a pasar la corta-césped con la precisión justa y necesaria, haciéndose eco, de una manera mucho más diluida que en historias más políticas como Buenas noches, buena suerte o Los idus de marzo, de singularidades ajenas excesivamente personalistas para condensar Sangre fácil, Muerte entre las flores, El hombre que nunca estuvo allí y Quemar después de leer.


El actor director, eso sí, viste de un tono fotográfico apropiado el eslogan publicitario, mensaje resumido de una moralidad integradora y redentora en último término, que permite hacer oídos sordos a una banda sonora que, en su intención de emular ciertos pasajes hitchcockianos, redobla hasta desfasar secuencias en clave mayestática y otros tics humorísticos que, si bien funcionan en los Coen, no logran aquí el mismo efecto.


En ese corte (dis)funcional encaja el papel de Oscar Isaac, uno de los vértices de este polígono entre accidentes, muertes, mafia y seguros que encabezan Matt Damon y Julianne Moore. Si el primero se sirve de su contundencia física para magnificar su lado oscuro, la segunda adopta como propios dos papeles tan próximos como distantes e intereses contrapuestos. Una simple regla de tres: ¿Fargo es a los Coen lo que Suburbicon a Clooney?