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Crítica: "Star Wars - Episodio VIII: Los últimos Jedi", por Pelayo López

Sin ser seguidor declarado de esta galaxia fílmica creada por George Lucas, Star Wars - Episodio VIII: Los últimos Jedi materializa el despertar de la franquicia y evidencia la fuerza de una saga, titulada así en su capítulo anterior (y primero de la última trilogía), pero consumado todo ello ahora, en buena medida, seguramente, por el acierto que parece haber resultado alejar a otro planeta cinematográfico al omnipresente J. J. Abrams y haber aireado la silla del director con Rian Johnson, confiando en que mantenga 'loop' para la próxima y última entrega que sellará este universo estelar.


Star Wars - Episodio VIII: Los últimos Jedi  supone la unión de los héroes del Despertar de la Fuerza a las leyendas galácticas en una aventura épica que, en principio, sirve para desentrañar antiguos misterios y descubrir sorprendentes revelaciones pero también, y al mismo tiempo, formular una inquietante confrontación final tras la utilización de los sables láser para partir por la mitad el capítulo en cuestión. ¿Se convertirá Rey en Jedi? ¿Será el legendario Luke Skywalker quien le enseñe? ¿Cómo afrontará la General de la Resistencia la muerte de Han Solo a manos de su hijo Kylo Ren, líder de la Primera Orden?


Bajo la declaración de intenciones planteada en el propio film de que 'no se trata de destruir lo que odiamos, sino salvar lo que amamos', Johnson se convierte en el verdadero héroe de la entrega manteniendo, por un lado, la esencia natural y primigenia, a la que da paso con numerosos guiños e incluso con la propia estructura argumental sobre la base de un acoso y derribo en plan El Imperio contraataca; y, por otro, reseteando viejos códigos que se actualizan, por ejemplo, en un nuevo recurso lingüístico que enfrenta diálogos interdimensionales sin pantallas partidas.


El entramado multiverso se desarrolla a la velocidad de la luz, saltos de escenario habituales que, en esta ocasión, se definen con mayor precisión y acierto, menos apresurados y mejor distribuidos en conjunto dentro de la compartimentación global. Con el espacio-tiempo recurrente dedicado a planetas y criaturas varias minimizado en este caso, la premura obligada de una necesidad imperante sirve en bandeja el protagonismo indiscutible a los humanos y sus conflictos, tanto colectivos como individuales barriendo un humor muy dosificado e introducido de manera sutil.


Tres grupos conforman los equipos interpretativos en liza: en primer lugar, los nuevos rostros de la franquicia, encabezados por Daisy Ridley, Adam Driver, Oscar Isaac y John Boyega, que siguen rastreando su papel en la función con el carisma justo y necesario; el levitador Mark Hamill y la 'in'humana Carrie Fisher, por no hablar del maestro de la sabiduría en persona; y, por último, dos apariciones fugaces como las de una Laura Dern en un papel muy sacrificado y un Benicio del Toro tan prometedoramente adoctrinador como escurridizo y ambiguo.


La dualidad cromática hegemónica, en base a una simplificación blanquinegra, se difumina tras una cortina holográfica en la que salen a relucir linajes y castas, una pirámide en la que Disney se deja notar con momentos de aire infantil, cuasi musical, que aventuran un vuelo en solitario recurriendo a alguna cápsula de escape en forma de algún posible 'spin off'. La longevidad colectiva de unos acordes disciplinadamente épicos desfila orquestalmente, con el sello de John Williams, en los oídos del espectador con una atmósfera compositiva actual. Star Wars - Episodio VIII: Los últimos Jedi aviva que los últimos serán los primeros.