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"Lo mejor de 2016", por Pelayo López

Una vez cerrado el ejercicio 2016, toca sentarse y analizar lo que cinematográficamente se ha podido ver y disfrutar con mayúsculas en la cartelera, una selección subjetiva merced a una mirada personal de la que, sin embargo, se puede tildar como cosecha próspera y fecunda en cuanto a títulos de notable calidad se refiere. Aunque, lógicamente, no son todas las que están (imposible visionar todo el material estrenado) ni están todas las que son (las preferencias individuales suelen jugar un papel preferente), se incluyen, a continuación, algunas de las películas más destacadas de 2016.


Para comenzar, títulos de idilios complejos: dos de ellos de aplauso casi unánime, "La chica danesa" y "Carol", y uno con matices de recomendación unilateral, "Mi amor", una reconstrucción física y mental de una relación convulsa firmada por Maiwenn e interpretada por Vincent Cassel y Emmanuelle Bercot. La asombrosa historia de amor inspirada en los artistas Einar y Gerda Wegener, dirigida por Tom Hooper, sobresale por encima del claro mensaje de alegato reivindicativo de los derechos propios de la comunidad transgénero, una 'cookie' nórdica mucho más allá de una larvaria transformación. Portentoso trabajo artístico (con profundidad lumínica y cognitiva más allá de paisajes y retratos) y elegante aportación de gusto refinado para dos intérpretes sutiles, Eddie Redmayne y Alicia Vikander, en estado de gracia.


Uno más escudado en el amaneramiento estético y de vestuario frente a la mayor desnudez de la otra desprovista de cualquier herramienta de camuflaje actoral, cuya sensibilidad individual y química conjunta sublima la camaleónica capacidad de meterse en la piel de otr@s... Por encima de todo eso, particularmente, la capacidad inequívoca para el reconocimiento profesional mutuo y, sobre todo, la unilateralidad romántica (en su máxima expresión) de ciertas decisiones propias que, en calidad de entrega incondicional y atemporalmente infinita, trascienden el comprensible significado de cualquier palabra remotamente próxima, a un lado u otro de este puro y sincero lienzo al óleo de una entregada mirada meridianamente vítrea, para ese sentimiento denominado amor.


Por su parte, la adaptación de la novela de Patricia Highsmith dirigida por Todd Haynes, coincidente propuesta en la línea de nuestro "Sextole & Díasmore", se presenta como un frío retrato de mirada distante, a través de un objetivo fotográfico y una pintura artística propia de Edward Hooper, que se regala en Navidad, una realidad alentada por el vaho de unos personajes contrariados por sus diferenciales entornos sociales, contagiados por unos '50 en los que los sentimientos entre el mismo sexo no encajaban y compensados en el equilibrio de su propia condición individual y como pareja. Una conexión inequívoca, una relación esquiva, una atracción imparable que traza un círculo narrativo y se enruta valientemente en manos de la sofisticada y seductora Cate Blanchett, y la dulzura ingenua de Rooney Mara.


Posiblemente, la mejor película del año. "Animales nocturnos" se estructura en diferentes niveles narrativos, llevando dicha condición más allá con narraciones paralelas en paralelo a su narración, un diseño artificioso que contribuye a dotar al propio relato de una mayor intensidad y profundidad, un juego de interpretaciones de los personajes y el espectador que, afortunadamente, terminan en un final apoteósico, distante a lo que por costumbre se espera y demoledoramente indicado para la oscuridad psicológica en la que el arte sublime se mercadea y negocia. Tom Ford se alimenta de fetichismos propios y ajenos para tintar de caoba el divorcio del romanticismo, una joya en la que Amy Adams demuestra su talento incuestionable más allá de "La llegada" y Jake Gyllenhaal ahonda en su perfil balanceado entre "Nightcrawler" y "Prisioneros". Un thriller hipnótico con una bestia dentro.


Sobre una premisa gélida por contexto y protagonismo, Edward Zwick, que precisamente tiene costumbre de alejarse de cualquier tipo de emociones en su filmografía, refrenda en pantalla grande una gran partida, y no sólo de ajedrez. "El caso Fischer" se sitúa en un contexto de Guerra Fría en el que este deporte suponía una confrontación paralela a la propiamente bélica. El reto entre el campeón norteamericano y el ruso Boris Spassky despertó unas expectativas internacionales propias del mundo futbolístico. La complejidad de la Historia por encima de la historia, la errática y compleja mente de un Bobby Fischer desquiciado e interpretado notablemente por Tobey Maguire, y el pormenorizado uso del sonido como vehículo de distorsión y enajenación son algunas de las bazas para el jaque mate.


Cambiando de tercio, dos títulos de carácter iniciático: "Sing Street" y "Captain Fantastic", curiosamente dos ejemplos de romanticismo, uno en su connotación más habitual y otro en su condición más expansiva. Siguiendo la estela nostálgica de "Rebobine, por favor", John Carney sigue prestando atención especial en su cinematografía a la música. El director de "Once" o "Begin again" utiliza la misma munición pero acierta más. Una familia desestructurada, un nuevo colegio, una chica especial... y el Dublín de los años 80. La melancolía de la irrupción del videoclip convertida en cine dentro del cine, un banda sonora que hace época, un retrato de una sociedad en crisis económica, emocional y de valores... y un romance tierno y fresco dotado con los pies en la tierra y un final 'con faldas y a lo loco'.


Por su parte, un Viggo Mortensen dual, con barba y melena o rasurado 100%, regresa a la senda de un perfil que le cae como anillo al dedo y lidera un canto libertario heredero de la filosofía de Noam Chomsky, pero descubre que su escuela hippy de autosuficiencia intelectual y física no está a la orden del día, un trago amargo de realismo que le despierta de un sueño utópico y le conduce inevitablemente a hacer concesiones necesarias que le permitan conciliar su espíritu de vida con la ortodoxia contemporánea. Un acierto, sin duda, la selección de la prole infantil y juvenil, de naturalidad impropia en el cine a estas alturas, y una banda sonora igualmente reconfortante con un mensaje colateral en partituras reconocibles.


En lo que al cine español se refiere, destacamos desmarques de la alineación habitual con "La punta del iceberg" o "Las furias". Mientras que la primera retrata, con una puesta en escena muy teatral por su propia procedencia escénica, las condiciones del competitivo y exigente mercado laboral de hoy en día, con una Maribel Verdú que regresa por la puerta grande en un papel que, entre análisis psicológicos y coartadas justificantes, se cuestiona a si mismo y cuestiona al mismo tiempo una sociedad demoledora y hostil en la que le acompañan los solventes y evidenciadores roles de Carmelo Gómez, Bárbara Goenaga, Alex García o Fernando Cayo.


Sobre la misma autoría teatral, el debut cinematográfico de Miguel del Arco propicia un gancho de derecha en pleno estómago del espectador, un corte de respiración clarificador de la complejidad inherente a la condición humana, una familia en constante estado de emergencia personal y colectiva, interpretada por un elenco coral en el que ninguno está por encima del resto y todos rayan a un nivel sobresaliente, que, sobre la ambigüedad moral del mundo de la escena, se sirve en diálogos que levantan ampollas en cualquier mente pensante para ahogarse en un final tan prometedor como cuestionable.


Por encima de cualquier otro título nacional, sin embargo, "Tarde para la ira". La ópera prima de Raúl Arévalo quema kilómetros de asfalto en busca de venganza, una escalada de violencia que sigue el evangelio de Peckimpah. Un estilo de rodaje y una estética que recuerdan, desde el mismísimo arranque con una secuencia que roza el virtuosismo, al mejor Alberto Rodríguez; una suciedad turbia que traspasa la propia pantalla y un terceto de personajes convertido en protagonistas de un tríptico de la desolación salpican de arrebatadora contundencia una historia de fantasmas del pasado. Esta adoración fílmica la abren en canal la premeditación de un salvaje Antonio de la Torre, el espíritu redentor de un incrédulo y penitente Luis Callejo, y el sufrimiento colateral de una sublime Ruth Díaz.


Otros títulos que nos ha dejado la cosecha 2016 y que merecen estar entre lo más destacado: un remake a la altura o por encima del original como "Cegados por el sol", un demoledor reencuentro de carácter artístico y romántico, aderezado por la tentación de una lolita de turno y al ritmo de un juego peligroso, en la casa de veraneo donde los instintos más básicos salen a flote en la piscina de la vivienda al amparo de las calurosas temperaturas y el embriagador consumo de alcohol y drogas; la adaptación de un best-seller como "La modista", un glam-western australiano acompasado en el desfile de su incendiaria protagonista Kate Winslet y con un drama romántico convincente hasta sus últimas consecuencias; una historia de terror psicológico y/o extrasensorial como "La bruja", máximo exponente de un género en ebullición que se decanta por la introspección hacia la profundidad y el abismo del miedo, la sincronía vinculante con la iconografía religiosa y un aquelarre para recordar en el marco territorial de la frontera moral con el limbo del pecado; la puesta en escena de "La espera", continuidad de Piero Messina, heredero artístico de Paolo Sorrentino, que diagnostica la contraindicada relación de convivencia forzada o (in)voluntaria entre la madre y la novia de un joven desaparecido, una amistad sobrevenida en tiempos de deriva que se debate entre la resistencia idílica o la zozobra de la realidad; o la inclasificable, exasperante y enfermiza "Elle", un recital sadomasoquista de una inalcanzable Isabelle Huppert que controla la violencia explícita e implícita con un arnés sexual al alcance de muy pocas.