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Crítica: "La noche que mi madre mató a mi padre", por Paco España

Con motivo de un ciclo de películas dirigidas por mujeres que organizó la UIMP hace unos cuantos veranos, tuve la oportunidad de conocer a esta directora, hija del escritor y filósofo Carlos París, una mujer inteligente, simpática y buena conversadora conocida, por aquel entonces, por la muy estimable "A mi madre le gustan las mujeres". Después llegó "Miguel y William", título menos relevante, pero curioso e interesante, que recreaba un poco probable encuentro entre Miguel de Cervantes y William Shakespeare. 


Su siguiente incursión en la comedia fue "Semen, una historia de amor", protagonizada por los Alterio, padre e hijo, donde ya se aprecian las deficiencias de Inés París en estos territorios. No es infrecuente oír a los realizadores de cine lo difícil que resulta hacer comedia, entre otros motivos por el gran peso artístico que en la historia cinematográfica han tenido directores como Ernst Lubitch o Billy Wilder, creador éste último al que la película que tratamos hoy hace varios guiños. En España tenemos ejemplos como Manuel Gómez Pereira, Fernando Colomo (aquí guionista) y, más recientemente, Paco León.


La comedia es un gran mecanismo de relojería, algo parecido a dirigir una orquesta filarmónica: si algún instrumento desafina, o está fuera de ritmo, todo el conjunto se resiente y por ello el papel del director de la orquesta es tan determinante. "La noche que mi madre mató a mi padre" está repleta de situaciones previsibles y, quizás por ello, faltas de gracia, ausentes de cualquier tipo de originalidad, ya que se han visto muchas veces antes en comedias de poco fuste. Una historia al estilo Agatha Christie, pero sin ningún elemento sorprendente.


El reparto es más que notable en su reconocida calidad: Eduard Fernández, pegándose monocorde con un personaje que no se deja exprimir por su escaso bagaje; Belén Rueda, intentando llenar con su elegancia el suyo; María Pujalte, intentando lucir, sin éxito, su innegable vis cómica; Fele Martínez, intentando dar vida a un cadáver; y el actor argentino Diego Peretti interpretándose a si mismo, a un actor y productor de cine argentino que, además, es psiquiatra. Pero, ¿por qué?.


Espero que este actor no se interprete a si mismo, sino que simplemente su personaje se llame como él, porque entonces el actor y sus personajes serían iguales y eso dice muy poco a favor de un buen actor. Los 93 minutos de duración se me hicieron muy largos, cierto es que, mientras yo no le veía gracia por ningún lado, en la sala había personas que amortizaron el precio de la entrada ya que se mostraron muy divertidos. Espero que la incursión de dos jóvenes gamberras, que entraron en el cine bien iniciada la sesión con la única intención de molestar, no influyera de manera determinante en mi percepción de la calidad cinematográfica de esta película.