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Crítica: "El olivo", por Paco España

Teniendo en cuenta, además, que Paul Laverty, su compañero y guionista, también escribe los guiones de las películas de Ken Loach, esta directora no engaña. Las historias de Bollaín están llenas de solidaridad, sostenibilidad, respeto por los derechos humanos y apoyo a los desfavorecidos ("Katmandú, un espejo en el cielo", "También la lluvia", "Mataharis", "Te doy mis ojos"). Este tipo de cine, como el del mencionado Ken Loach o los hermanos Dardenne, es absolutamente necesario en una Europa del bienestar que tiene mucho de malestar.


En este caso, Bollaín nos presenta un cuento: el de un olivo que lleva un milenio dando frutos, aceite y sombra a la comunidad que lo cuida y cómo una compañía energética alemana se lo lleva a Dusseldorf para meterlo en un gran macetero en su sede central, convertirlo en su logotipo y, de este modo, camuflar las prácticas absolutamente depredadoras con el medio ambiente que esta empresa practica. Y, ¿por qué?. Solamente porque tiene dinero para comprar el árbol y extirparlo de su entorno natural.


Una niña que ha sido imbuida por su abuelo en el amor a la naturaleza, y en especial al olivo citado, emprende una misión imposible para restituir el árbol a su origen y que su abuelo, ahora aquejado por la desalmada enfermedad de alzheimer, pueda morir en paz consigo mismo. Una inmensa Anna Castillo, cariñosamente denominada por Icíar como Anna 'Crackstillo' por su gran calidad interpretativa, emprende, cual genuino Quijote, una misión que le llevará a enfrentarse con enormes molinos de viento, e irá, igualmente, acompañada por dos escuderos: el permanentemente magnífico Javier Gutiérrez, y el sorprendente y desconocido por el gran público (hasta hoy) Pep Ambrós.


Ambos Sanchos hacen de contrapunto y soporte de un peso muy duro para ser llevado por una sola persona. El trabajo de Javier Gutiérrez sirve para ir del drama a la comedia y de la comedia al drama en un breve intervalo de tiempo, apenas segundos y dentro de una misma frase, habilidad ésta solamente al alcance de cómicos de mucha calidad. Esto provoca que el espectador vaya de la risa al llanto con mucha frecuencia y facilidad, lo que produce una inevitable impresión de estar siendo manipulado sentimentalmente, quizá en exceso.


Esta película está rodada a caballo, en este caso en forma de un enorme camión, entre Castellón y Dusseldorf, lugar éste último donde hubo muchas dificultades para la realización de la película, lo que confirma el secreto mejor guardado de Europa: en realidad, la mayoría de los alemanes son unos 'patatas' recubiertos de una pátina de falsa eficacia. Un cuento bienintencionado, bien narrado e interpretado que deja una buena impresión general, pero también una sensación de amargura ante el inevitable aplastamiento de la flor por la gran bota del poder.