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Crítica: "Altamira", por Paco España

Durante un momento de la película, Marcelino Sanz de Sautuola explica a su hija María que la luz, cuando atraviesa una superficie con más densidad que el aire, crea un prisma en el que se descompone en todos sus colores. Algo así podríamos razonar sobre "Altamira". Esta película se puede descomponer en varias y diversas miradas. La mirada didáctica, que nos ilustra sobre el propio descubrimiento de la cueva, la envidia creada en la comunidad científica -especialmente francesa-, y la lucha de este hombre de ciencia contra el dogmatismo social y religioso que ve en estos descubrimientos científicos un cuestionamiento de la fe, la ética y la moral tan férreamente inoculadas en la sociedad.


La mirada estética, que nos muestra una imágenes fotografiadas por José Luis Alcaine de una enorme calidad y que, además, nos enlaza directamente con la mirada turística, que da un bellísimo protagonismo a Cantabria y, como dijo el presidente Revilla en el estreno con las 250 copias de su estreno en España -más su distribución internacional-, mucha gente querrá visitar esas tierras que ve en la pantalla, si existen de verdad. El cine es una gran herramienta para el conocimiento y su utilidad para hacer de Cantabria una tierra más conocida es bienvenida.


Otra mirada que podemos hacer es la familiar y paterno-filial, con un matrimonio que intenta sobrevivir por las cenagosas influencias religiosas. Marcelino intenta inculcar a su hija Maria, a través de una relación especial, el interés por el pragmatismo científico y el cuestionamiento permanente de las convicciones establecidas para que pueda avanzar como ser humano y como miembro de la sociedad a la que pertenece.


Una última y evidente mirada en la que se puede descomponer "Altamira" es la artística. Dirigida por el octogenario Hugh Hudson, cineasta londinense que dirigió hace 35 años la oscarizada "Carros de fuego" -Mejor Película, Guión, Vestuario y BSO con la omnipresente y magnífica música de Vangelis, pero no a la Mejor Dirección-, la realización de "Altamira" se ve perjudicada por germen documental y se queda en una tierra intermedia que va en detrimento de su ritmo cinematográfico.


El protagonismo del siempre eficaz, aunque nada dotado para la transmisión emocional, Antonio Banderas no nos permite profundizar en el tremendo sufrimiento que, inexorablemente, tuvo que atravesar Marcelino Sanz de Sautoula en su prolongada e injusta acusación de falsificación de las pinturas de la cueva. No se puede decir, ni mucho menos, que "Altamira" sea una mala película, aunque no alcanza las cotas a las que hubiera podido llegar con otros mimbres. Para los cántabros, además, tiene un plus de interés por historia y lugares comunes que la hace muy recomendable.