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Crítica: "La habitación", por Javier Collantes

Con un argumento totalmente demoledor en temática y narración, "La habitación" nos conduce, de forma directa, a una madre y su hijo de cinco años cuyas vidas se encuentran confinadas en un reducido cubículo cuyo único contacto con el exterior es una claraboya. A modo de realidad, un armario, una mesa y escasos utensilios sirven para construir la relación, el miedo, la enseñanza... en un espacio alejado del secuestro físico y emocional para combatir al ogro real. 


Dejando de lado el sentimentalismo y poniendo distancia respecto a los telefilm, se desarrolla un relato espeluznante y elegante en todos sus sentidos. Una escritura fílmica de gran nivel gracias a los aportes de planos, fotografía y banda sonora. Precisamente, esta senda de elementos narrativos presenta una historia que salpica y deja clavado al espectador en su butaca, una historia cuyas imágenes cabalgan entre la cruda realidad y la imaginación para salvarse de una cárcel particular. 


Un guión sobrecogedor y unas asombrosas interpretaciones otorgan a este drama, pedazo de vida de dos seres humanos, un carácter sublime, acompasado con un ritmo acorde y, en cada secuencia, plano a plano, instante a instante, palabras, gestos, silencios... que escenifican de manera convincente una relación materno-filial llena de sentimientos: pasión, terror... construcción sobre el terreno oscuro, de la esclavitud a la libertad...


Sin lugar a dudas, a través de imágenes, una espeluznante reflexión de una parte del comportamiento humano: de las miserias a las grandezas, de la culpabilidad a la inocencia... Con dos papeles perfectos que definen la conjunción entre el registro interpretativo y la acción personal, cine genial con tanta calidad que conmueve y deja sin calificativos. Un film inolvidable y fascinante.