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Crítica: "Joy" + "Legend", por Pelayo López

Curiosamente, tanto "Joy" como "Legend" están unidas por un vínculo familiar: ambas comparten un punto de vista narrativo desde la mirada de un tercer personaje. Sin embargo, mientras que las reconocidas hechuras de David O. Russell ("La gran estafa americana", "El lado bueno de las cosas") parecen sobrevaloradas y el corte y confección de su última película para la estatuilla dorada se deshila fácilmente, el oscarizado guionista Brian Helgeland ("L. A. Confidential", "Mystic River") sigue dejándose seducir por las dobles competencias de un entorno mafioso y los vericuetos indescifrables de las relaciones humanas con una mezcla de pecaminosas novatadas y prometedores aciertos.


En su primera mitad, "Joy" resulta un descuidado retrato de una joven ama de casa. Una vez superado este tedioso trance de cenicienta doméstica, su proceso de transformación en reina de la teletienda y matriarca familiar despierta un mayor interés. Esta fábula inducida, que alimenta el poder de la creatividad y el beneficio de ejercerla por si misma, se encharca en la fuente del folletín televisivo al que recurre en clave paralela y en una red de personajes secundarios desdibujada en unos casos y caricaturizada en otros. "Joy" es, sin duda", Jennifer Lawrence. Secuencia tras secuencia, su rostro respira naturalidad y frescura, y su interpretación talento sobresaliente. Más allá de "Los juegos del hambre", en esta ocasión recorre su itinerario del 'invierno de los huesos' a 'mujer x' con una mutación celeste de superheroína de andar por casa encuerada que saca las uñas por los suyos.


Por su parte, "Legend" se adentra en el Londres de los 60 para presentarnos a una pareja de hermanos gemelos, dueños del hampa del lugar y del momento. Un control, no obstante, temerario y suicida, basado en la intimidación y en una relación mutua de ida y vuelta envuelta en el amor fraternal y el odio más visceral. Tom Hardy consigue un maravilloso ejercicio de equilibrio entre el refinamiento pro-burguesía y la aleatoriedad psiquiátrica. Sin embargo, al igual que en "Black Mass", el peso narrativo genérico pierde enteros atragantado por una ambientación minimalista a pie de calle y el sustento interpretativo protagonista.


Tanto la caracterización de Johnny Depp como la duplicidad divergente de Tom Hardy acaparan el objetivo, desenfocando, por un lado, una vida gangsteril de fogonazos violentos y, por otro, una trama romántica de corte trágico que ensalza con su angelical presencia la cristalina y etérea Emily Browning ("Sucker Punch"). Sobre unos adoquines de género excesivamente pisados por el celuloide, Hardy sale a flote gracias a su capacidad camaleónica y a su furia atemperada. "Joy" y "Legend" son, pues, dos claros ejemplos de películas de expectativas prometedoras que pecan de planteamientos narcisistas y, como sus propios carteles adelantan y para alegría del recuerdo, salvan las capacidades descomunales de dos intérpretes geniales.