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Crítica: "El hijo de Saúl", de Javier Collantes

El primer trabajo del director húngaro László Nemes resulta, a pesar de esta condición nobel, un ejercicio fílmico de primera categoría, un relato diferente del Holocausto. Auschwitz, 1944. Un prisionero húngaro, que trabaja en los hornos crematorios, es obligado a quemar todos los cuerpos gaseados por los nazis en las cámaras de gas. Sin embargo, el descubrimiento del cuerpo de un joven le dará a este prisionero la posibilidad de salvar de las llamas a quién él cree que es su hijo. 


A partir de este argumento, planteado de inicio con un plano secuencia apabullante y tenebroso gracias a un fuera de foco absolutamente magistral, el debutante Nemes nos conduce a una propuesta de cine orgánico, cuyas vertientes de la temática nazi se apuntalan sobre una historia brutal que deja al espectador clavado en la butaca. A base de silencios y miradas, con una cámara intensa y próxima a los personajes, salpica la mirada y la conciencia con una resolución propia del cine clásico. 


Fotografía oscura, contenido aterrador más fuera que dentro de campo, excelencia en los planos cerrados y un final abierto al encuadre. Capítulo aparte, y sumamente destacable, el gran nivel de sus intérpretes y una casi ausencia de música. Casi una obra maestra en todos sus conceptos, uno de los grandes logros de los últimos tiempos en un arte llamado cine.


Un claro retrato del exterminio judío: supervivencia, infierno, desaparición... Aquí no existe la espectacularidad ni el héroe, pero sí encontramos una obra sublime sobre el horror y el odio con una puesta en escena que deja sin aliento. La profundización colectiva en la cicatriz del sentimiento de la culpabilidad, una senda propia de originalidad formal. Una película de necesario y casi obligado visionado: sin más palabras.