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Crítica: "Star Wars: el despertar de la fuerza", por Javier Collantes

Este primer escarceo de esta nueva batalla galáctica se lucha en el cuerpo a cuerpo, posicionamientos enfrentados, bláster en mano, desde las trincheras de sus trilogías predecesoras: por un lado, el espíritu y estética de la primigenia, inter-conectando los protagonistas más carismáticos con la savia nueva y retornando a un look de cortinilla denostado en la actualidad y, curiosamente contradictorio, vanagloriado por el halo de la nostalgia; por otro, el estrepitoso resultado del segundo pack, aún con un reparto muy superior absolutamente desaprovechado, con secuencias noqueadas y planos carentes de simetría que hace aguas en el nivel de carga. 


La aparente normalidad de la República sufrirá el revés de la Primera Orden, que trata de acabar también con la Resistencia, liderada por la Princesa Leia y cuya única esperanza reside en un mapa geo-localizador que descubra el paradero de Luke Skywalker para que despierte un nuevo ejército Jedi. En este viaje, Han Solo servirá de guía para los dos nuevos jóvenes héroes: una chica líder de armas tomar y un desertor de la tropa imperial más preocupado de ella que de objetivos globales. Por supuesto, el nuevo droide BB-8 saludará a C-3PO y Chewie mientras esperamos el despertar de R2-D2 desde su reserva.


Una nueva amenaza del líder Supremo Snoke en manos del sable rojo de Kylo Ren, la radiación solar convertida en estrella de la muerte y encañonando cada confín del universo, el poder de las fuerzas, los hijos de... en una estructura re-cíclica y atropelladamente monocorde, La energía calorífica de los sables láser derrite cualquier presumido atisbo interpretativo del reparto, grupalmente limitado a la hora de transmitir emociones de cualquier tipo y que, en algunos casos y sumado a ciertos maquillajes y caracterizaciones, podrían encajar mucho mejor en un baile de disfraces. De hecho, las escenas de masas resultan débiles y endebles. 


Sin que parezca llevar la firma de su guionista Lawrence Kasdan, la alocución de J. J. Abrams, que afortunadamente no se deja llevar por la premisa del espectáculo hasta cotas tan terriblemente concebibles como realmente innecesarias, se levanta sobre un relato destruido, como si de un saboteador Trekkie se tratase. Por si fuera poco, el descompensado nivel de la banda sonora ensordece la repetitiva partitura de John Williams, únicamente reconducida en algún momento aislado a base de re-instrumentaciones guturales. 


En 1977, un suceso cinematográfico, a modo de fenómeno de masas, irrumpió en nuestra galaxia. A día de hoy, 38 años (luz) después, con diferentes episodios/entregas de carácter interplanetario, este hito de celuloide vuelve a surcar el universo, con los propulsores y compresores puestos a punto, para satisfacer, en un principio, la inusitada y enfervorizada expectación de público y el cebado ensalzamiento de crítica a lomos de su halcón más milenario. Al amparo del lado oscuro, en el patio de butacas, en esta galaxia muy, muy lejana, la fuerza no despierta, más bien sestea y dormita fría y distante.