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Crítica: "Los juegos del hambre. Sinsajo Parte 2", por Pelayo López

La esperada culminación de esta tetralogía cinematográfica, basada en la trilogía literaria de Suzanne Collins y quizás la única franquicia fílmica que ha conseguido alcanzar (y hasta superar) el listón marcado por las aventuras de celuloide del joven mago Harry Potter, no es la mejor entrega de esta saga, pero, al menos, se sitúa a cierta distancia y a la sombra del capítulo más logrado: el segundo e incendiario episodio. Inmortalizada por la gran Mercedes Sosa: 'Si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida, la vida misma, es todo un canto. Si se calla el cantor, muere de espanto: la esperanza, la luz y la alegría'.


Ante una perspectiva de futuro absolutamente desoladora, con una guerra a gran escala devastando cada distrito de Panem, Katniss descubre que no se trata sólo de un juego de supervivencia ni de vendettas personales, sino del futuro. Desde el Distrito 13, los rebeldes enardecidos lanzarán su ataque final al Capitolio para derrocar al presidente Snow. Sin embargo, en este despertar a la realidad y convertida en heroína para la causa, Katniss descubre que, mientras su corazón sigue latiendo al doble pulso que le marcan los sentimientos hacia un Gale resultadista a quien no le importan los medios que justifican el fin y un Peeta cuya mente se debate entre lavado y centrifugado, la líder rebelde tiene aspiraciones que se alejan del objetivo común.


Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Liam Hemsworth, Donald Sutherland, Julianne Moore, Woody Harrelson... encabezan un reparto amoldado y acomodado a unos personajes reconocidos y reconocibles en todas sus caras y aristas, un elenco interpretativo de, en la mayoría de los casos, renombre y recursos, doble condición que sirve para acentuar el verdadero potencial de esta historia, un germen literario de mensaje subversivo que irradia en casi la totalidad de los fotogramas. Pero eso no es todo. Además de la referencia socialitaria, la dualidad unitaria de cada individuo queda reflejada a la perfección con la ambivalencia emocional del personaje protagonista, llena de dudas y vulnerable, contradictoriamente escéptica... que se debate entre su propia paz espiritual y la necesidad colectiva de un icono revolucionario. 


Esta circunstancia, precisamente, se vigoriza con su sobre-exposición presencial. De hecho, durante casi tres cuartos del metraje, el enemigo a batir simplemente se presume, se sabe que está en el horizonte, que es el objetivo, pero no se manifiesta. Además, este manjar narrativo recupera en su cuerpo central el género survival, acá con pruebas laberínticas versus tecnología en vainas, alcanzando cotas de acción notorias, y se remata, para la ocasión, con un final sobresalientemente épico. Todos estos matices, sobrellevados brillantemente por Francis Lawrence, sufren dos achaques, fundamentalmente crónicos en su ubicación: un arranque al corte, fruto de la avaricia productiva con una cosecha de oro, y un epílogo concesionario para la galería, sentimentalmente pasteloso y de excesivo metraje.


Revolución. Romance. Real. RRR, iniciales reiteradas que rezuman la esencia conceptual de este épico final. Una revolución radical para un cambio necesario. Un corazón latente entre dos aurículas y dos ventrículos. Un juego cómplice entre real o no para disipar cualquier atisbo de enajenación y discernir entre inyección ilusoria o bocados de realidad. Del frío de la nieve a la corrupción de la moneda pasando por la vigilancia filosófica... Reconforta reconocer el año de nacimiento de uno mismo con los 76 Juegos del Hambre, la reconciliación definitiva y el culmen libertario de la autocracia para la democracia. Porque el espíritu del Sinsajo siga cantando...