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Crítica: "Regresión", por Pelayo López

El esperado regreso de Alejandro Amenábar a su género fetiche, el del suspense psicológico con el que se encumbró gracias a sus primeras películas, se pierde en los recovecos espirales de la abusiva receta con la que pretende inyectar en el espectador su propia mirada sobre los orígenes del miedo. La intencionada utilización de una herramienta terapéutica deriva, curiosamente, en un efecto secundario totalmente diferente al supuestamente pretendido. En un lenguaje más directo: la cargante campaña publicitaria que ha acompañado al estreno ha provocado la colectiva 'sugestión' y tanta expectación que, más allá del éxito recaudador de los primeros días, el boca a boca terminará por evitar cualquier 'regresión' exitosa en un futuro a medio o largo plazo. 


El problema radica, fundamentalmente, en dicha expectación y en la consiguiente expectativa. La sugestión regresiva al salir de la sala suscita un malestar crítico que, de manera generalizada, proviene de unas raíces ajenas al miedo buscado. En primer lugar, porque la aparente seriedad que acompaña de manera paralela la narración de esta investigación ante un posible caso de satanismo se rompe, de manera frustrante y reiterativa, con comentarios, gags y personajes demasiado risibles y difícilmente ubicables en dicha tonalidad general. Segundo, porque su 'regreso' al género parece ser un 'remix' en toda regla: la trama superficial resulta similar a su "Tesis", la trama subcutánea "Abre los ojos" cambiando la criogenización por la 'regresión', y, finalmente, el fin de obra tiene un aire a "Los otros".


Además, desde la butaca, la continuada lateralidad con la que el realizador enfoca a los personajes, que por otro lado puede tener un uso justificado, induce, de manera (in)consciente, a una esquiva conexión con sus emociones y miedos, circunstancia aséptica y poco recomendada a la hora de poner al espectador en situación y dentro de la historia. Por si fuera poco, el marco escénico en el que se desarrolla la investigación, la América profunda en plena ola mediática sobre la proliferación enigmática del culto satánico, no parece quedar retratada con una crudeza acorde. Finalmente, en lo que se refiere al reparto, salvo un par de secundarios, poco se salva de la quema. Ethan Hawke parece de vuelta de todo y Emma Watson maquilla su dulzura natural de una manera algo más notable.


Sin embargo, no todo resulta extrañamente dudoso en esta película. Amenábar sabe filmar 'a la americana': una escena recrea, en 'off' y 'en diferido en forma efectivamente de simulación', el tumulto orgiástico de un ritual diabólico; otra secuencia delimita, 'al estilo Lynch', la delgada línea que separa la cordura de la locura; y, además, saca el máximo partido a lo realmente inquietante de una llamada telefónica. El talento del director se hace patente, además, con sus maravillosos planos subjetivos.


La primera vez que se nos presenta al detonante y 'falso culpable' del caso, la que hace lo propio con la víctima del 'supuesto' caso, y la que nos refleja el cambio de estado anímico y mental del protagonista principal, se nos presenta desde su propia visión. Si la campaña promocional 'sugestiona', Amenábar no engaña: aunque en ocasiones, incluso, peca de sobre-explicaciones innecesarias, al principio de su historia nos presenta su propio cierre. Quizás, desde la distancia y con una nueva perspectiva, sea posible otro contacto diferente a esta historia vía 'regresión'.