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Crítica: "Nueva vida en Nueva York", por Pelayo López

'Es complicado'. Con estas dos palabras, ni más ni menos, Cédric Klapisch resume más de una década de cine, tras "Una casa de locos" y "Las muñecas rusas", y la complejidad universal de las relaciones de pareja. El realizador francés remata esta trilogía con un mordisco a 'la gran manzana' emocional después de haberla iniciado con la excitación eufórica de la juventud en Barcelona y la locura incentivada del matrimonio entre 'matrioshkas'. Una década de convivencia en pareja, dos hijos de por medio y, de repente, el derrumbe sentimental de Xavier Rousseau, protagonista de esta franquicia y primo/hermano de Jesse en la saga "Antes de..." firmada por Richard Linklater, le lleva a la ciudad de los rascacielos para vivir cerca de sus vástagos ya que su ex-pareja ha rehecho su vida a la vista del 'skyline' más famoso.


Romain Duris, Cecile de France ("Alta tensión"), Kelly Reilly ("Eden Lake", "Sherlock Holmes") y Audrey Tautou demuestran haber crecido y madurado interpretativamente dando vida a estos personajes, una conexión convincente 'a dos' y colectiva y uno de los principales alicientes de esta historia, una 'montaña rusa' con vagones llenos de inseguridades y sobresaltos emocionales, endulzados, eso sí, con vinilos de ternura y compresión. Otro de los aciertos fundamentales es insertar a diferentes filósofos que entablan conversación con el protagonista, un recurso que podría haber estado más presente y que resulta conveniente en un entorno de reflexión y meditación. Por el contrario, la actualización digital de la trilogía con un callejero virtual resulta un tanto chocante.


Curiosamente, las mejores secuencias de esta película transcurren a ras de suelo, sobre el asfalto y a pie de calle: por un lado, el monólogo 'sobre ruedas' del protagonista en torno al 'sueño americano' y la condición innecesaria de salir en su búsqueda porque existen otras cosas más importantes que llegar al ático del más alto de los rascacielos; por otro, los encuentros con su primer amor de verdad, con quien la conectividad sigue latente más allá de las circunstancias coyunturales de ambos en el presente, y con su padre, con quien la falta de contacto y distancia se recortan al darse de bruces con una baldosa convertida en declaración de amor. 



El remate final al más puro estilo camarote de los hermanos Marx, en este caso un 'apartamento de locos', se convierte en otra de las características fílmicas más brillantes, una convergencia vital que demuestra los vericuetos personales de todo ser humano con un mínimo sentimental en sus entrañas, un resumen apoyado en la declaración de las tres protagonistas femeninas que reconocen, curiosamente, que 'su hombre' necesitaría una mezcla de ellas tres. En definitiva, pese a que la mayoría de los espectadores empatizarán con sus protagonistas, las dos horas de metraje cansan y redundan demasiado en el mensaje fílmico. La dureza con que el protagonista reconoce tratar a sus parejas y amigas es sólo uno de los síntomas de auto-reconocimiento, una auto-exploración sobre un colchón en continuo tránsito, una balsa a la deriva en ese oceáno de matices que existe entre los continentes 'amor' y 'amistad'.