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Crítica: "El cuarto pasajero", por Paco España

No se puede decir algo mas benévolo para esta película que es un gran entretenimiento con una espectacular realización, como viene siendo habitual en el director bilbaíno Alex de la Iglesia hace ya muchos años. El cuarto pasajero supone el intento de recuperación de los malos resultados en taquilla de su anterior película, cuyos resultados artísticos no eran tan malos, Veneciafrenia. En este caso estamos ante un título que podría decirse que es la versión 'Bla, Bla, Car' de la famosa película dirigida Martin Scorsese, Jo, ¡qué noche! (After hours). Se trata de una inviable historia romántica -no por la gran diferencia de edad entre los dos personajes protagonistas, sino por la propia diferencia de caracteres- que aboca la relación, si llegara a germinar, a una brevedad asegurada, en la que el personaje de Alberto San Juan (El test) intentará seducir a su habitual pasajera y acompañante, Blanca Suárez (El Bar). En este viaje compartido también estarán otros dos personajes que harán que éste se convierta en una auténtica montaña rusa en la que nada sale como el protagonista enamorado tenía previsto.


Estos dos personajes están interpretados por Ernesto Alterio (Donde caben dos), que borda este tipo de personajes que resultan odiosos y atractivos al mismo tiempo, y Rubén Cortada (Olmos y Robles), el personaje cachas que está para alterar los presupuestos amorosos del protagonista con su impresionante aspecto físico, algo que el actor consigue con su sola presencia. La película no tiene más profundidad que una serie de peripecias que llevan a los protagonistas a vivir una serie de enredos y equívocos que son los que dan sentido al argumento, que encuentra puntos de revitalización de la historia de la mano de breves personajes, interpretados por actores muy competentes como Carlos Areces (Espejo, espejo), Enrique Villén (La pequeña Suiza) o Jaime Ordóñez (El Bar).


La película sigue un recorrido que comienza en Bilbao y se dirige a Madrid, sin fallos de racord evidentes, y, en su paso por la autopista, lo único que llama la atención es que, cuando pasan por un área de servicio, el precio del gasoil es de 1,20€/litro (¡qué tiempos aquellos!). En este lugar se desarrolla una divertida secuencia, al igual que otra importante que se desarrolla en las Bodegas-Hotel-Spa de cinco estrellas Marqués de Riscal en Laguardia, con el espectacular edificio diseñando por canadiense Frank Gehry, el mismo arquitecto responsable del Guggemheim de Bilbao, bodegas que habrán tenido un importante peso en la producción de la película ya que su aparición es más que estelar. Alberto San Juan está magnífico en su atolondrado papel y es el verdadero leitmotiv de la película para ver en que metedura de pata incurre una vez tras otra. El gran valor de la película es su capacidad para mantener un ritmo trepidante que ahuyenta el aburrimiento para terminar en una espectacular y larga secuencia en un atasco nocturno en la autopista con rodaje en lugares difíciles de creer.