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Crítica: "Drive my car", por Javier Collantes

De qué manera comenzar unas impresiones de una película cuando el tiempo de las sensaciones permanece durante segundos, horas, semanas, meses... y con un posible recuerdo en la memoria. Drive my car es un claro ejemplo de dicha exposición en un criterio que salpica una cierta 'verdad' en la definición de una clase de cine, sumido en diferentes profundidades, cine difícil, comprometido, sobre niveles más allá del propio arte cinematográfico, contando con la propia vida. Este film japonés, dirigido por Ryûsuke Hamaguchi y basado en un relato de Haruki Murakami, ofrece una película de las que se tiene que entrar para envolverse en otras facetas del lenguaje cinematográfico, cine complicado que necesita un esfuerzo para el espectador ante las complejidades de una historia apasionante, una historia que nos lleva a un actor y director de teatro que acepta dirigir la obra Tío Vania, de Chéjov, en Hiroshima.


En dicha ciudad, una joven será su chófer: viajes, confesiones, secretos de sus vidas alrededor de un coche, alrededor del teatro, del montaje de una obra de teatro, todo y más... Con este argumento, el film, rodado con exquisitez y planos en simetría, es una verdadera delicia de la puesta de cámara, todo ajustado sin exagerar, imágenes, secuencias, alrededor de una verdadera lección en la instalación de cómo colocar la cámara, sin apenas notarse. Su fotografía, música, montaje, escenarios... nos dan, en cada fotograma de sus 179 minutos de metraje, una clase magistral de cine en su nivel más alto. Sus intérpretes simplemente extraordinarios.


Si a esto añadimos los puntos de una historia sobre la órbita del dolor, la culpa, la realidad, el cine a través de un ensayo de una obra teatral, un coche de marca sueca... es, en cierto modo, un travelling majestuoso, un viaje por los túneles, las confesiones, el silencio y la verdad, junto a los recuerdos de los muertos... Drive my car es una película sobre los sentimientos, existencial, llena de melancolía, cuyo ritmo pausado, letárgico, se trasforma en metáforas, cuyos personajes hablan de las perdidas, la traición, la mentira, el amor, el sexo... un film que es, al mismo tiempo, un viaje emocional, brillante en toda la extensión de la palabra, una lectura de supervivencia, una joya en cada paso, sus escenas son magistrales, destacando su viaje a una ciudad, miradas, gestos, palabras... una lección fílmica entre Chéjov, Murakami y Hamaguchi, una obra de arte, ni más ni menos, un viaje en coche hacia la redención.