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Crítica: "El vientre del mar", por Paco España

Partiendo del relato, basado en un hecho real de principios del siglo XIX, en el que una enorme fragata francesa embarranca en la costa africana y para salvar a la tripulación y pasajeros tienen que fabricar una endeble balsa en la que embarcar a las 147 personas que no tenían cabida en los botes salvavidas, dejándolos, a poco de la partida, abandonados al albur de los avatares marinos, se desarrolla esta historia del siempre interesante director mallorquín Agustí Villaronga, autor de películas tan interesantes como su comienzo en Tras el cristal, El mar, la multipremiada Pa negre ( ganadora del Goya en 2010) y la estupenda, aunque parcialmente olvidada, Incierta Gloria. El vientre del mar contiene el estilo constante de su filmografía, con elementos como la enorme crueldad, presente siempre en sus guiones, el montaje y la fotografía absolutamente sobresalientes, igual que las interpretaciones, sostenidas en esta película por su habitual Roger Casamajor (La vampira de Barcelona) y el desconocido Óscar Kapoya, magníficos ambos.


La película nos cuenta, de manera mayoritariamente teatral, la sucesión de hechos que acabaron con un gran número de personas abandonadas en una balsa en el mar y como la crueldad y la violencia afloraban al tiempo que disminuían los víveres y el agua. Esta información llega al espectador a través de un juicio que tiene lugar una vez finalizados los hechos narrados y en el que los dos personajes principales declaran ante una corte de jueces, al estilo de la película El motín del Caine, de Edward Dmytryk.


Vemos a los personajes de la balsa en alta mar, alternando este espacio abierto con otro similar a una gran bodega interior, todo en un impecable blanco y negro, excepto las secuencias del juicio que están rodadas a color. Una historia de crueldad, ineptitud y supervivencia, que entronca con la situación de crisis migratoria actual en la que el mar Mediterráneo y el tramo del Atlántico que une la costa saharaui con las Islas Canarias se están convirtiendo en unos enormes cementerios para todos los que no logran llegar a su destino europeo. Esta película, que fue la ganadora absoluta del pasado Festival de Málaga, no es una propuesta fácil para el espectador y, a pesar de sus exiguos 76 minutos, requiere una atención especial, ya que se encuentra en las antípodas de cualquier propuesta comercial, por su tratamiento teatral, por su montaje y por su estética. A pesar de esto, puede ser interesante para espectadores que busquen algo fuera de los estándares habituales. Esta accesible para suscriptores de FILMIN.