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Crítica: "Spencer", por Paco España

Hay gente en el mundo del cine, como en el resto de las artes, que están tocados con un halo de genialidad, y a mi me da la impresión que el director de esta película, Pablo Larraín, lo tiene un poquito, y lo digo porque ha sido capaz de crear historias que han logrado cambiarme la perspectiva de la vida sobre algunas cosas, en concreto me estoy refiriendo a El club, la película que dirigió en 2015 y que me ha supuesto una de las experiencias más sobrecogedoras en una sala de cine de los últimos años. Quien no haya visto esta película desconoce el auténtico sentido del término 'Terror', encarnado de una forma especial en un grandísimo actor (y otras muchas cosas) chileno, Alfredo Castro. En Spencer no ha tenido hueco este actor, pero Kristen Stewart nos ha regalado una de las interpretaciones más sublimes en lo que va de año.


Sí, efectivamente, la protagonista femenina de la saga Crepúsculo, que no he tenido la ocasión de ver -bueno, la ocasión sí la he tenido, lo que no tenido han sido las ganas-. También era la niña que se introducía con Jodie Foster en La habitación del pánico y, ya con 12 años, nos dejaba pistas sobre su nivel interpretativo. En la película que nos ocupa, interpreta a Diana Frances Spencer (Lady Di) en los tres días de tradición navideña de la realeza británica, antes de su separación definitiva del eterno Príncipe Carlos. Se trata de una interpretación complicada ya que el director chileno pone la cámara a escasos centímetros de su rostro en una gran parte de la película, como intentando, más que ver su imagen, introducirnos en su alma, algo a lo que la actriz responde con una amplia generosidad. La realización de la película nos transmite el frío gélido del ambiente del palacio de Sandringham, en Norfolk, donde se desarrolla, pero, más que el frío de las dependencias, nos transmite la absoluta falta de calidez interior de todas las personas de la casa Windsor en la que el personaje protagonista fue a caer fruto a su matrimonio con el Príncipe de Gales.


De igual manera, la frenética actividad en torno a los cambios de vestuario para las numerosas comidas que allí se celebran, que representa la vacuidad de aquellas personas de pétrea tradición y que no permiten que nada y nadie altere. El trabajo de Kristen Stewart en esta película es soberbio, pero las intervenciones de otros intérpretes del nivel de Timothy Spall (Nieve en Benidorm), como el siniestro vigilante y preservador de esa tradición; de Sally Hawkins (La forma del agua), como la vestidora que desencadena uno de los pasajes más sorprendentes de la película y el único en el que vemos sonreír al personaje principal; o Sean Harris (Macbeth), como el jefe de cocina, un personaje capaz de apaciguar el espíritu de la princesa encerrada con su paciente disposición; hacen que nos encontremos ante una de las películas más importantes del año, con un sutil toque de genialidad.