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Crítica: "Érase una vez en Euskadi", por Paco España

Hace mucho tiempo que no veía una película tan fallida como Erase una vez en Euskadi. En principio tenía todos los mimbres para presenciar una historia interesante: Euskadi 1985, en plenos años de plomo, con ETA en intensa actividad asesina, al tiempo que la heroína hace estragos entre jóvenes de clases humildes, muchos de ellos, provenientes de otras regiones de España, cuyas familias buscaban en la industrialización de esta tierra unos puestos de trabajo y una mejora en su situación económica, cuando en realidad fueron caldo de cultivo nada favorable para ambas actividades.


Manu Gómez, director y guionista en su primera película, se limita a presentar unos hechos, a través de la mirada de cuatro niños, en los que apenas asoma el conflicto, cuando el País Vasto en aquella época era un intenso conflicto permanente, los personajes se limitan a hacer cosas sin apreciarse el mas mínimo cambio en su personalidad y obviando todo lo que podría haber hecho interesante esta historia. Todos los acontecimientos que atraviesan, no parecen hacer mella en ellos y los personajes inician su trayectoria y la termina en el mismo punto, a pesar de que el drama pasa de puntillas por sus vidas, a las que parece no afectar en nada.


Un error imperdonable ya que la influencia que esos hechos habrían tenido en sus existencias es lo mas interesante que se podría haber contado y no una sucesión de situaciones con una correcta construcción formal pero que ya son conocidos por los espectadores debido a la profusión de ficciones realizadas últimamente con mucho mas acierto que Erase una vez en Euskadi. Además de situar la acción en un época muy interesante, cuenta con una nómina de actores y actrices de contrastada calidad, Marian Álvarez (La herida), Luis Callejo y Ruth Díaz (Tarde para la ira), Yon González (La serie Gran Hotel, rodada en el Palacio de la Magdalena), Vicente Romero (Intemperie), Josean Bengoetxea (Loreak). Mucha munición para disparar solamente con balas de fogueo, una auténtica pena.