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Crítica: "Tiempo", por Javier Collantes

Los conceptos y las definiciones del denominado cine de terror y/o de suspense en sus diversas variantes escenifican sensaciones y puestas de largo respecto a historias para gustos y criterios en una amplia mirada sobre el miedo, una palabra tan extensa como el mundo.


M. Night Shyamalan, uno de esos directores afamados pero también alejado de un sector de público al que no le entusiasma su cine, proyecta de nuevo su bisturí cinematográfico, una filmografía definible como una declaración de cine clásico dotado de sus propias peculiaridades.


Tiempo, película basada en una novela gráfica titulada Castillo de arena, nos traslada a un paraíso tropical, un resort de lujo y una playa donde unas personas con diferentes perfiles de personalidad, carácter y comportamiento disfrutan de sus respectivos periodos vacacionales.


Sin embargo, pronto descubrirán que no pueden escapar de tan idílico escenario y se añade, además, una circunstancia aterradora: cada media hora envejecen un año, una carrera contrarreloj demoledora en la que el tiempo, precisamente, será el enemigo a batir para todos ellos.


Con dirección impecable y cámara extraordinaria, en base a planos cerrados y encuadres en distorsión junto a picados excelentes, Shyamalan dispone un majestuoso camino de un director que sabe filmar de manera exquisita en lo técnico (siempre ha sido un notable mago fílmico).


Tiempo es una historia impactante sobre la vejez, el paso del tiempo, el ser humano y los componentes psicológicos, miserias y vaivenes defendidas por un reparto ajustado, un gran relato salvo las licencias acomodadas y menos sorprendentes de los últimos 15/20 minutos de metraje.


Posiblemente, el poso en la memoria de la excelente Tiempo tendría un recorrido más a largo plazo con un final abierto, sin mensajes ni botellas al mar. Geniales los títulos de crédito y la pregunta del cirujano. Un mundo feliz experimental: 'Missouri, Missouri, Missouri'.