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Crítica: "Cruella", por Javier Collantes

Bajo los diversos remakes, adaptaciones, precuelas y versiones actualizadas de multitud de títulos cinematográficos, el séptimo arte continúa recorriendo, dentro de sus múltiples vías, el inexorable paso de los tiempos, películas que han significado o significan, una de las grandes bazas del recuerdo, la memoria fílmica, o las sensaciones de una película vista, visionada hace muchos años, como composición de la maravilla en imágenes proyectada en una pantalla. Cruella pertenece, bajo este criterio, a esta exposición, un matiz de recuerdos en una precuela de personajes reales cuyo contenido nos lleva a 101 dálmatas.


En esta ocasión, Cruella, dirigida con acierto impecable por el cineasta Craig Gillespie, nos presenta una historia vertiginosa, con un ritmo espectacular, fascinante, trepidante y lleno de emociones, y un argumento que explora los rebeldes comienzos de una de las villanas más famosas en el universo Disney, Cruella de Vil. Ambientada en el Londres de los años 70, en plena efervescencia y revolución punk-rock, la película nos muestra a una joven rompedora en sus forma de vestir y pensar llamada Estella, así como los acontecimientos que la llevan a mostrar su lado más oscuro, el de una malvada trasformada en Cruella.


Cruella es un prodigio de entretenimiento, sin olvidar una parte más profunda en sus personajes estilo Dickens, distinta a las versiones de 101 Dálmatas, con un arranque espectacular y un movimiento de cámara excelente, con travellings de auténtico vértigo. Su estética bien pudiera recordar a títulos como El diablo viste de Prada, pero con otras connotaciones. La BSO, magistral: Rolling Stones, Cole Porter, Supertramp... Sensacionales las interpretaciones de las Emmas, Stone y Thompson. Cruella es cine barroco con un perro-rata, un peinado blanco y negro, y un final apoteósico. Cine de alta costura fílmica.