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Crítica: "Nadie", por Javier Collantes

El género del denominado cine de venganza, sobre la base de injusticias y asesinatos varios, ha sido objeto de múltiples versiones cuyo denominador común son las persecuciones, ciertas dosis de acción y un ritmo en sus secuencias que suelen ser de una clase fílmica que se acerca a los efluvios de títulos de otros tiempos, los años 70 y 80 del siglo pasado, marcando una época en una dimensión de cine-evasión con ciertas tonalidades en sus personajes.


Nadie es una película de corte pequeño, se diría de tele-film hinchado a la pantalla grande, cuyo objetivo es el puro entretenimiento para que el espectador entre en la historia del personaje principal. Aceptable en su dirección, ajustada en su compás del metraje, la película es un relato típico, pero eficaz, sin dar más vueltas sobre su composición visual, narrativa, junto a otros elementos que entregan un film entretenido, sabiendo que no engaña al espectador.


El argumento nos presenta a un hombre de familia. Una noche, unos ladrones entran en su casa y él renuncia a defender a su familia, manteniendo una posición pacífica, en una reacción que decepciona a su hijo y a su mujer. Después, sin embargo, sacará su lado más oscuro y violento, un hombre que se trasforma en un ser humano en pos de la justicia y venganza. Con este simple argumento, Nadie confiere a su relato secuencias de pura adrenalina con coreografías muchas veces vistas.


Simple pero determinante, una especie de Un día de furia con nuevos condicionantes. Eficientes Bob Odenkirk, Connie Nielsen y el reaparecido Christopher Lloyd sumando interpretaciones sencillas, Nadie carga sobre el valor perdido, la familia, el regreso... una exposición que cumple su misión a partir de la efervescencia del sentido de cine sin complicaciones ni adornos, cine explosivo que multiproyectado en las pantallas grandes con ese aroma de puro celuloide digitalizado.