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Crítica: "First Cow", por Javier Collantes

El western como uno de los grandes géneros cinematográficos, uno de los grandes lenguajes en la Historia del Cine, una forma de entender el séptimo arte, una lección de entender el séptimo arte, una parte esencial de la estructura fílmica. Película atípica del western, First Cow, un viaje naturista que nos conduce a una parte del oeste americano distinto, una óptica para un viaje calmado por un relato con diferentes líneas en todo su conjunto.


Dirigida por Kelly Reichardt con acierto, en su tono de cine independiente, calmado en su ritmo narrativo, a modo de balada triste, con destellos de humor, el film se construye en una figura de cine intimista y su historia nos presenta aun cocinero contratado por una expedición de cazadores de pieles en el Estado de Oregón en la década de 1820. La aparición de un inmigrante chino que huye de unos hombres que le persiguen propiciará una amistad.


En un devenir sosegado pero incesante, con una banda sonora de ecos atmosféricos y el retrato fotográfico de un naturismo peculiar, varios registros fundidos al perfil de colonos en un terreno hostil se proyectan en los trabajos eficaces de intérpretes como John Magaro, Orion Lee, Toby Jones... Y todo arranca, a través de flashback, con un descubrimiento de una mujer y su perro, unos restos óseos de dos personas enterradas en medio de la vegetación.


Una historia de una vaca, unos colonizadores, un hurto de una cubeta de leche, unos pasteles que se preparan con la leche robada... un espacio especial y modesto en el que sus diálogos y el ritmo sostenido entregan un film distinto, reflexivo y difícil. First Cow, desde una latitud poco comercial, proyecta ecos de una balada sobre la supervivencia y la amistad, el clamor de una existencia en tiempos de un oeste más contenido, notable película minoritaria.