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Crítica: "Inmune", por Jesús Caro

Con el dudoso mérito de ser la primera película rodada durante el confinamiento del COVID-19, Inmune, cinta producida entre otros muchos por Michael Bay, se inspira en la amenaza del coronavirus para situarnos en un futuro no muy lejano, el 2024, y de cómo la humanidad se enfrenta a la pandemia y a sus devastadoras consecuencias. El virus en cuestión ha mutado y se ha convertido en COVID-23, cuyos efectos son más peligrosos y letales, aumentando la tasa de mortalidad un 56%.


El argumento (básico), sin entrar en demasiados detalles, es el de una historia de amor entre Nico, un repartidor inmune al virus, y su novia Sara, que vive en un piso confinada (para situarnos: Los Angeles, semana 213 de encierro) con otra persona que termina enfermando. Para evitar que se lleven a su novia a la zona de cuarentena de la ciudad, denominada La Zona Q creada para albergar enfermos y moribundos donde los que entran... ya no salen, Nico tendrá que idear un plan (ya adelanto que no es una maravilla, hecho a prisa y corriendo como el guión de la cinta) para salvarla y escapar juntos.


A los personajes principales, encarnados de manera convincente por K.J. Apa y Sofia Carson -y demostrando cierta química entre ambos-, hay que añadirle el de varios personajes secundarios cuyos intérpretes brillan bastante más cuando sus roles están mejor definidos: Peter Stormare, como el villano de la película; Paul Walter Hauser y Alexandra Daddario, quienes consiguen, por momentos, hacer convincente una sub-trama forzada y poco o nada realista; y Demi Moore.


Inmune es una cinta de consumo fácil y rápido, casi tanto como lo poco que se tardó en rodar, que exige al espectador apagar por un rato su cerebro y aceptar las inverosimilitudes de un guión que no se sostiene en muchísimos momentos para conseguir desconectar de la realidad durante 80 minutos.